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27/05/2016 AUTOR: Luis Aramburu Varios

¿Son racionales nuestras decisiones de inversión?

¿Son racionales nuestras decisiones de inversión?

La mayor parte de las personas piensa que al tomar sus decisiones lo hacen de manera racional y fundamentada; nada más lejos de la realidad, en la mayoría de los casos.

Diferentes estudios científicos muestran que existen gran cantidad de sesgos cognitivos que influencian notablemente nuestra capacidad de tomar decisiones de manera racional.

Estos factores generalmente provocan efectos negativos sobre nuestras carteras de inversión ya que hacen que las decisiones se tomen basadas en aspectos emocionales, desprovistos muchas veces de racionalidad.

El efecto que, seguir estas tendencias emocionales tiene, es que apoya el comportamiento maniaco depresivo de los mercados, creando burbujas en mercados alcistas y amplificando las caídas y desplomes en las correcciones o fases bajistas.

Es fundamental que entendamos que los precios se forman por las leyes de oferta y demanda. Compras masivas producen por si mismas subidas de precio y ventas masivas provocan justo lo contrario.

Ese componente psicológico siempre va a estar presente y aunque no lo podamos eliminar del todo, conocerlo nos puede ayudar a reducir sus efectos negativos a la hora de tomar decisiones.
Vamos a tratar brevemente algunos de ellos.

El efecto manada; consiste en aceptar como válidos los razonamientos cuando son compartidos por la mayoría, sin analizarlos desde un punto de vista lógico.

Tiene que ver con la tendencia a considerar que lo que hace o piensa la mayoría es lo correcto. En este sentido, el miedo a equivocarnos por ir contra corriente hace que sea mucho más fácil tomar decisiones que coincidan con el sentimiento mayoritario; la equivocación, cuando es compartida, duele mucho menos.

Ejemplos claros de estos últimos años son las burbujas tecnológicas e inmobiliaria española, ambas basadas en la entrada masiva de dinero en esos activos.

El grupo social. Cuando conversamos habitualmente con otros inversores e intercambiamos información, nos formamos una opinión común al grupo; esto hace que, una vez tomada la decisión, esta se fortalezca y tendamos a no cuestionar los argumentos que nos llevaron a tomarla.

Ligado a lo anterior está el denominado sesgo de confirmación, el cual se produce por la tendencia natural que todos tenemos a buscar opiniones que confirmen nuestras creencias y desechar aquellas opiniones que las contradicen.

A veces no nos damos cuenta de que nuestra decisión está tomada desde mucho antes de ponerla en práctica y sólo tardamos en buscar opiniones que la apoyen para justificar nuestra decisión.

El efecto halo está provocado por la tendencia que tenemos los seres humanos a juzgar positivamente todas las características de una empresa o individuo si tenemos una visión positiva general de la misma.

El que un activo o una empresa nos resulten atractivos o incluso simpáticos no significa que invertir en él nos vaya a producir beneficios.

Otro de los efectos es el denominado efecto anclaje; muchos inversores “anclan” un determinado precio en su mente y consideran barato todo lo que es inferior a ese precio y caro todo lo que lo supera, comprando cuando ese activo baja de ese precio “ancla”.

Cuántas veces no hemos oído, acerca de una acción con la que se está perdiendo dinero: «bueno, si llega al precio al que compré, entonces la vendo».

¿Por qué?, el mercado no sabe a qué precio compraste la acción, ni le importa, es un dato irrelevante en la decisión de vender, excepto para la persona que compró ese título.

Lo importante es cuánto vale la empresa y eso tiene que ver con el futuro de la misma; lo actual ya está recogido en el precio. Analice que piensa el mercado de la compañía, cuáles son sus perspectivas futuras y actúe en consecuencia sin pensar lo que ocurrió en el pasado.

Este efecto es muy peligroso, especialmente cuando el activo baja de valor y es que, al seguir comprando porque está barato, el inversor acaba manteniendo en ese activo un porcentaje mucho mayor del que quería inicialmente, pudiendo desequilibrar gravemente su cartera.

Otro aspecto importante es el orgullo, cuesta reconocer que se ha cometido un error. Se venden activos rápidamente para hacer real una ganancia y se tiende a mantener activos en pérdidas para evitar reconocer nuestra equivocación.

El efecto de justificación con el esfuerzo o efecto Ikea está ligado a la tendencia que tenemos los seres humanos a defender con más ahínco las decisiones que contienen nuestro esfuerzo personal. Los seres humanos tenemos gran apego a productos financieros que hemos comprado nosotros con nuestra decisión y defendemos esas operaciones desde un punto de vista totalmente emocional y desprovisto de todo análisis racional.

Esto nos lleva, muchas veces a “enamorarnos” de un valor. Aferrarse a un valor por la sensación de “confort” que nos aporta lo conocido, cercano y compartido con nuestro grupo.

Aunque ya hemos dicho que estos condicionantes psicológicos no pueden ser evitados en su totalidad, sus efectos perniciosos pueden ser reducidos, simplemente con ser conscientes de su existencia y con una medida muy simple: antes de ejecutar una decisión, trate de analizarla desde un punto de vista racional y aséptico.

 

Luis Aramburu López-Dóriga
Director de Tressis en Cantabria

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