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03/03/2014 AUTOR: Víctor Alvargonzález Jorissen Varios

La imaginación al poder

Hace muchos, muchos años, había una empresa española que se dedicaba, generación tras generación, a producir aceite a granel. En paralelo, había empresas italianas que decidieron que era más rentable ser intermediarias en lugar de productoras y crearon compañías de importación-exportación que compraban el aceite a nuestra empresa española y luego lo vendían en el exterior. Y lo hicieron también durante mucho tiempo, hasta el punto de que, cuando hoy vas a cualquier supermercado o restaurante fuera de España, el aceite de oliva es de una marca italiana que, además, viendo el precio, te das cuenta del pedazo de margen que sacan. Es más, como estos italianos no son malos vendedores, lo vendían como algo muy especial, embotellado de forma llamativa, etc.

Con el tiempo, la producción de aceite -la oferta- fue aumentando y, con ello, bajando el precio en origen. Nuestra familia española se dio cuenta de que aquello no era bueno. Podrían haber tirado la toalla -seguramente tendrían bastante dinero ahorrado como para hacerlo-, pero no: decidieron echarle imaginación y narices al asunto. Analizaron el mercado y tomaron decisiones.

La primera: convirtieron una parte de su producción a granel en producción especializada, creando productos de alta gama, con un diseño y presentación muy cuidados, haciéndose así con un nicho de mercado dirigido no sólo a España, cada vez más exigente en cuanto a la calidad del aceite con que se aliñan ensaladas o acompañan lubinas a la sal, sino también al mercado extranjero VIP, donde las barreras italianas de entrada eran menores. Hablamos de aceites que en su gama más alta pueden costar 200 euros el litro. Esto puede parecer una barbaridad, pero en un restaurante de lujo o en casa de un magnate ruso, chino, hindú, etc., no es dinero. La idea funcionó. El producto se vendió y se vende muy bien. Obviamente eso les supuso un trabajo y una inversión en I+D importante, además de contratar gente. Y tomar un riesgo. ¿Recibieron alguna ayuda del Estado? No.

La segunda parte del plan era entrar en la distribución y tratar de que los italianos no se llevaran el margen comercial, el más jugoso. Nosotros no seremos mejores vendedores que los italianos, pero como siempre he dicho, uno de los activos de este país es la creatividad (sólo hay que ver los chistes y chascarrillos que te llegan por Internet o Whatsapp). En serio: lo somos en creatividad empresarial. Y nuestra familia aceitera se dijo: ¿para qué incurrir en el coste de crear e introducir una marca nueva si podemos comprar una marca italiana con presencia consolidada en mercados tan difíciles como el de Estados Unidos? Hicieron números, y adelante. Les salió de cine. Tanto que hoy muchas de las marcas italianas que exportan aceite son de propiedad accionarial española. La familia podría haberse gastado ese dinero en coches de lujo o en comprar casoplones. No. Arriesgaron e invirtieron. Es posible -no lo sé- que incluso tuvieran que recurrir al crédito. Los italianos sabían perfectamente lo que valía su empresa para los aceiteros españoles y no venderían barato. ¿Creen ustedes que el riesgo tomado, la creación de puestos de trabajo y demás les reportó algún beneficio fiscal en el IRPF a los dueños y a los ejecutivos? Cero patatero. Apoyo fiscal cero por jugársela y crear puestos de trabajo. Recuerden: son malvados ricos.

Como ocurre siempre en economía, encima hubo efectos indirectos. Hoy en día, muchos restaurantes españoles de cierto nivel ya tienen en su carta -hablada o escrita- cierta variedad de aceite de alta calidad para sus clientes. No tanto como una carta de vinos, pero en esa línea. Es más, empieza a ser habitual que al salir te ofrezcan comprar “ese aceite tan rico” que utilizaste en la comida. Y si el que sale del restaurante además de aceite ha bebido un buen vino -el que no conduce, por favor- pues dice eso que se dice cuando vas contento y además quieres darte el pisto: “¡chico, dame tres!”. Como podrán ustedes suponer, el margen de esas tres más la de la comida es tan bueno o más que el del vino. Así que bueno para el restaurante, bueno para los productores del aceite de calidad, bueno para la sociedad, la riqueza y el empleo.

El caso es que esta empresa, que era un simple cosechador y poco más, ahora produce, distribuye y además vende una gama de aceites VIP, todo a nivel global. El negocio va estupendamente (les pido, porque es un caso real, que perdonen los errores que pueda haber en mi descripción, pues conozco la historia, pero no los detalles ni soy un experto en este sector). Pero básicamente hablamos de una historia de éxito basada en la imaginación, el talento y la valentía. Obviamente no diré el nombre de la empresa -salvo que me lo pidan ellos-, primero por discreción y, segundo, porque Montoro habría localizado unos malvados ricos a los que desplumar y ellos obviamente saldrían por patas con una sociedad off shore bajo el brazo después de vender la empresa al mejor postor. Una buena empresa menos en el panorama económico español. Como siempre. Así que punto en boca, que esto es España y aquí el que se esfuerza y arriesga ya sabe lo que le espera. Palo y tentetieso.

Es más ¿creen ustedes que hay algo en la política económica de nuestro gobierno pensado para que esas historias de éxito, innovación e iniciativa empresarial aumenten, crezcan y se reproduzcan? ¿Creen que hay algo en lo que ya se ve venir de la reforma del IRPF para animar a esos propietarios y directivos a reinvertir y trabajar duro? Pues que yo sepa, no. En lo primero no puedo afirmarlo (todavía no ha salido la reforma). En lo segundo, lo siento por ese directivo que junto con su esposa gana algo más de 100.000 euros al año. Lo que van a hacer no es animarles a trabajar duro. Lo que van a hacer es seguir crujiéndoles a impuestos. Qué pena que ya no esté con nosotros un valiente conocedor del tema como David Taguas para explicar mejor que yo estas verdades del barquero impositivas.

Y yo me pregunto: ¿no estaría mejor empleado el dinero ese que va a EREs falsos, PERes, sindicatos, partidos, subvenciones a fondo perdido, empresas públicas inútiles y todo esa ristra de gastos absolutamente innecesarios que tienen prioridad antes que el I+D o el apoyo al emprendedor? Ya saben mi teoría: 300 senadores menos son 300 investigadores/emprendedores más. Cada senador nos cuesta una pasta, con su sueldo, sus dietas, su boato y su equipo de apoyo. Y todos sabemos que su utilidad para el país es más bien poca y que es un sitio para colocar a políticos que ya no están en la brecha o que necesitan que los aforen porque tienen detrás un juez que quiere pedirles cuentas. Por lo que cuesta un senador nos traeríamos talento de primer nivel de otros países. Y si son del tercer mundo les incluiría la nacionalidad española en la oferta.

El Estado tiene la obligación de asignar eficazmente los recursos escasos de los que dispone (ver “La Patata a la pila”) y que generosamente le confían los ciudadanos –sí, señora Calvo, ese dinero es de los ciudadanos- y dedicarlos a lo que es mejor para el país, sean escuelas, hospitales o promocionar el empleo juvenil, a los emprendedores, investigadores, etc., y dejar de castigar al que gana dinero como si fuera un pecado, sea autónomo, empresario o de nómina, indefensos todos ellos ante la voracidad recaudadora del Estado. Si ganan es porque crean riqueza y empleo.

Señor Montoro, no es pecado ganar dinero. No es pecado ser competitivo. Tampoco lo es querer ser el mejor en lo tuyo. Eso no debe castigarse, y ya se huele que por ahí van los tiros de la próxima reforma fiscal, que por planteamientos electoralistas algo me dice que va a centrarse en sacar más a los ricos del tramo medio alto del IRPF -y no hablo de grandes fortunas- y así bajar impuestos a los tipos medios y bajos, que representan más votos: a por el autónomo o el de la nómina que gane más de 100.000 euros. ¡Qué error, qué inmenso error! Como diría Ortega (¿o fue Unamuno?). Fuera quien fuera, es un error. Hay que bajar impuestos en todos los tramos y especialmente a quienes más consumen (ver “Se necesita economista con un par de tardes libres”) y más se esfuerzan. Todo el mundo se merece pagar menos -y el Estado apretarse el cinturón-, pero necesitamos animar y apoyar a los líderes, no echarlos.

Ya expuse en su día mi propuesta de que aquí, además de atraer a suecos, alemanes o británicos en verano, atraigamos a empresas del mundo entero para que se instalen aquí todo el año (ver “Valencia, paradigma de la solución y el problema de España” o “España, centro de negocios”). Insisto ahora en la de ayudar, apoyar, subvencionar, lo que haga falta, a la empresa española (que no se dedique al ladrillo, que no queremos de nuevo el Monopoly como modelo de negocio) y extranjera. ¿Qué no exportamos? (no se engañe, señor ministro, aquí el 70% del PIB es demanda interna). Pues compremos exportadores. ¿Qué no inventamos? Todas las facilidades para que se instalen aquí los que lo hacen. El dinero para subvencionar la instalación y puesta en marcha de las empresas, la contratación o el I+D, etc.

¿Qué sí que inventamos? (que lo hacemos). Pues el mismo apoyo, respeto y animo a los de aquí. Hay que hacer de España un imán empresarial y de la investigación. Tenemos el sitio y tenemos el dinero. El ejemplo de un senador menos igual a un emprendedor/investigador más se puede ampliar a centenares de gastos innecesarios, inversiones improductivas y fraudes millonarios. Sólo nos falta que el espíritu y la filosofía de nuestra familia aceitera se traslade a nuestros políticos. Sé que es mucho pedir, pero por algo hay que empezar.

Y propongo empezar porque dejemos atrás la hipocresía, (lean “Doble paga, doble paga”), que no nos escaqueemos de la actividad política como lo hacemos cuando se busca presidente de la comunidad de vecinos y que exijamos lo que como ciudadanos tenemos derecho: a que administren no sólo honradamente nuestro dinero -sí, ya sé que suena ilusorio-, sino que además se asignen los recursos allí donde sean mejores para el país y una administración de los mismos como la que exigimos a cualquier empresa con la que trabajemos o seamos accionistas.

¡Buen fin de semana!

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