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19/05/2014 AUTOR: Víctor Alvargonzález Jorissen Varios

La hora de la política con mayúsculas

Los ciudadanos europeos han hecho sus deberes. El Banco Central Europeo (BCE) se ha enterado de que estabilidad de precios es evitar tanto la inflación como la deflación y se dispone a finalizar su largo periodo vacacional y cumplir su mandato constitucional. Pero para que Europa supere definitivamente sus problemas y sea lo que puede llegar a ser, falta lo más importante: que hagan su trabajo los que mandan, los que tienen el poder, los que dictan las leyes, los que orientan el modelo económico de un país: los políticos.

Digo lo anterior porque vienen unas elecciones y del mensaje que se transmita a la clase política o bien tomarán nota – si es contundente – o bien pasarán, como ha ocurrido hasta ahora. Y es importante a todos los niveles, porque de la regeneración o no de la clase política europea depende en gran medida el futuro de la economía de la eurozona –empresarios y ciudadanos solos no pueden hacer mucho más – y, en consecuencia, sobre nuestros bolsillos y nuestras inversiones. Y también de si la zona euro es un mercado interesante para invertir o no. No es lo mismo que el poder lo detenten la señora Thatcher o el señor Clinton o el propio señor Obama a que lo haga el señor Zapatero o el señor Camps, que monta un circuito de Fórmula 1 -ahí es “ná”- y realiza obras faraónicas en lugar de dedicar ese dinero a convertir una ciudad maravillosa para vivir y trabajar en un auténtico imán para empresas y emprendedores vía subvenciones y facilidades de todo tipo (ver “Valencia, paradigma del problema y la solución de España”)

Aclaro: no pertenezco a ningún partido político. Ni tengo intención de hacerlo. Es más, actualmente no sólo soy apolítico: hace tiempo que me he convertido en “anti político”, en un “indignado” más, sólo que algo más talludito que los que van a la puerta del sol y no quemo contenedores. Me encanta la política, pero la de un Churchill, un Reagan o un Clinton. O un Marco Aurelio o un Claudio en la antigua Roma. Pero no la que tenemos aquí ahora. Y me considero tan culpable como el resto de haber mirado para otro lado y haberme centrado en mi actividad profesional y haberme despreocupado de quien dirigía el destino del país y, por lo tanto, el de todos los ciudadanos. Hemos delegado la labor política y al final ese hueco ha sido ocupado por los más mediocres – en muchos casos además de mediocres directamente corruptos – o los que no tenían ninguna otra perspectiva profesional. Es como en las comunidades de vecinos: nadie quiere ser presidente y luego nos quejamos de que al que le cae el “marrón” no lo haga bien porque no tiene el mínimo interés. O de que se ponga al que anda sobrado de tiempo (o necesitado de un “dinerillo” B). Si se cobrara un pequeño sueldo por ser presidente de la comunidad -en “A”, obviamente-, habría competencia por ser el señor Cuesta de “esta nuestra comunidad”.

Para mí que tenemos un problema de hipocresía en relación con la profesión política, pero no voy a aburrirles con mis propuestas. Ya puse mi granito de arena en “Doble paga, doble pena” sobre la forma en la que creo se podría regenerar nuestra clase política y de paso dar un gran paso adelante en la gestión del país, porque, dejémonos de “rollito” ideológico: hoy en día casi no hay diferencias en cuanto a ideologías. Los políticos deben diferenciarse en base a su capacidad de gestión y su sensibilidad por determinados temas, pero les aseguro que si Margaret Thatcher se levantara de la tumba habría vuelto al ver como un partido de derechas basa toda su política económica en subir los impuestos a niveles expropiatorios. Además hace poco o nada por reducir un Estado que parece el hombre elefante y, para bordarla, da marcha atrás a años de esfuerzo que políticos de centro, derecha e izquierda hicieron por crear una base sólida de clases medias en España. Y medias altas, que, pecadoras ellas, son las que más consumen –sí, señor Montoro, el consumo es bueno para la economía-, esos malvados “ricos” que además de consumir pagan las escuelas y hospitales de gente humilde que no puede hacerlo y compran lo que da el sueldo a muchas otras. Y mejor no hablar del predecesor. Como he comentado otras veces: de la incompetencia hemos pasado a la mediocridad, pero ¿cómo podríamos pasar de la incompetencia del gobierno anterior y la mediocridad del actual a la excelencia o, al menos, a cierto nivel de calidad y honradez en la gestión política? Como dije antes, mi propuesta la tienen en el artículo mencionado anteriormente, pero como seguro que nadie me va a hacer caso, hay que confiar en la democracia y, como si fuera un organismo vivo, en su propia capacidad de regeneración interna. Porque demócrata obviamente sigo siendo. ¿Y cómo puede “auto regenerarse” la democracia?

¿Qué es lo que puede hacer reaccionar a un político? Claramente, la pérdida del cargo y sus prebendas y, en algunos casos, de lo que coge “de tapadillo”. Pues que sientan el calor en la nuca de que lo pueden perder. A mí el cuerpo me pide abstenerme en las próximas elecciones europeas y entiendo a esa gran mayoría de gente que se siente igual. Total ¿para qué? El problema es que la abstención no cambia el resultado. Dos grandes partidos que se reparten el cotarro y hacen exactamente lo mismo, porque ¿usted cree que a ellos les importa ganar con diez millones o con diez mil votos? Mientras mantengan el sillón les da exactamente igual cuanta gente vote. Es fácilmente demostrable. Siendo la corrupción y la clase política el principal problema del país según la mayoría de los españoles ¿Hemos visto que solucionarlo sea una prioridad para los gobernantes? ¿O que se hayan unido el líder de la oposición y el presidente del gobierno para coaligarse para un gran proceso regeneracionista? Por supuesto que no. Nadie tira piedras contra su propio tejado. Salvo que vean una amenaza mayor.

Nos gusten más o menos los partidos “nuevos”, tienen una ventaja: “venden” honestidad y regeneración. Con el tiempo serán como los otros, pero al igual que actualmente a los grandes partidos les da absolutamente igual la corrupción salvo como arma política -menos mal que quedan jueces que hacen su trabajo-, los aspirantes al sillón sólo tienen opción para alcanzarlo si cuidan como oro en paño sus tres únicos activos: la honestidad, un certificado de penales limpio y el frescor del joven aspirante. Ya se cuidarán muy mucho sus dirigentes de que no salga ninguno de sus cargos electos en los periódicos tapándose las esposas con la chaqueta. Les va todo en ello. Y lo mejor de todo: hasta ahora los grandes partidos ni se preocupaban por la pérdida de votos. Total, sus votantes son como seguidores de un equipo de futbol. Votan a “su” partido aunque robe, gestione mal o actúe directamente contra sus intereses. Pero ¿qué pasa si pierdes el 30% de tus votos y con ello el 30% de los “compañeros” se queda sin sillón? (y ya no hay cajas de ahorros para colocarlos). Que los compañeros que todavía lo tienen se asustan, y ya saben ustedes:  “cuando las barbas del vecino…” Es más, los compañeros que se quedan sin sillón siguen siendo compañeros de partido y votan en los congresos. El aviso más efectivo para un político es una seria pérdida de votos.

Me dirán que estoy haciendo un artículo sobre política. Efectivamente, lo es, pero también me reconocerán que pese a lo mucho que me gusta la política, sólo hablo de ella cuando afecta a la economía y, en consecuencia, al bolsillo de los españoles y muy especialmente al de los clientes de Tressis. Pero es que lo que salga de las próximas elecciones, que casual y afortunadamente son europeas, afecta a su bolsillo, al mío y al de los clientes de esta casa, que son mi prioridad. Y el resultado es muy importante. Veamos porqué y con ello acabo.

Que Europa salga adelante y se sitúe donde merece depende de que hagan su trabajo  -y lo hagan bien- ciudadanos -que ya se merecen un diez por su trabajo, capacidad de aguante y sacrificio-, que lo haga el BCE, que parece que se va desperezando, y, finalmente, de que lo haga bien quien manda, que son los políticos. Y esto es tan o más económico y financiero que político, porque de esa tormenta perfecta que sería que funcionaran al unísono ciudadanos, autoridades monetarias y políticos depende que se haga realidad la visión de una Europa mejor económica y socialmente, la que planteaba en los artículos “La hora de Europa I y II”, o que esos mismos artículos se conviertan en papel mojado.

Insisto: no pertenezco a partido alguno, soy muy escéptico con los nuevos –especialmente respecto a cómo serán cuando lleven unos años en el poder-, pero, o les damos un serio toque de atención a los partidos mayoritarios, o de esta no salimos. El jueves se publicó el crecimiento de la UE en el primer trimestre del año: un 0,2%. Y eso después de habernos crujido a impuestos. Tenemos un problema. Avisemos a nuestra clase política que si nos hundimos, nos hundimos todos. Un sillón no es un salvavidas. De hecho, el que se pegó a él con cola es precisamente el que tiene más probabilidades de hundirse con el barco, porque los sillones van atornillados al barco.

¡Buen fin de semana!

PD.: Los tres artículos que he mencionado anteriormente son, en mi modesta opinión, absolutamente complementarios del actual y dan una visión completa del problema y su posible solución, así como de las consecuencias económicas y financieras: se trata de “Doble paga, doble pena” y “La hora de Europa I y II”

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