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24/02/2014 AUTOR: Víctor Alvargonzález Jorissen Varios

Invertir y ganar en un continente que se desinfla

El otro día hubo caras de sorpresa cuando el INE publicó el dato de inflación del mes de enero. Para empezar, el calificativo inflación al que nos referimos cuando hablamos de la evolución del Índice de Precios de Consumo (IPC) va a tener que ser revisado, porque a un IPC del –1,3% (sí, negativo), no se le puede llamar inflación. Algo que se contrae no se infla (*). Se desinfla. Y más si viene de un escuálido +0,2% previo en diciembre -¡con subida de la luz, vaya, de impuestos, incluida!- y tras venir cayendo desde hace años.

Curioso que a muchos analistas les haya llamado tanto la atención este dato. Lo entiendo en la gente no especializada, que, además, no ha vivido un escenario deflacionista en su vida y que sólo ha oído hablar de que los precios suben, pero jamás de que bajen (como el ladrillo). Y comprendo que voten en mi contra cuando dije en el debate con Antonio España, un tipo estupendo y gran oponente, por cierto, que en Europa, especialmente en España, hay riesgo real de entrar en deflación, es decir, de ir a un proceso de cierta duración (unos meses, posiblemente un año) de caída de precios.

Atención: no estamos entrando aquí en si la deflación es algo bueno o malo para la economía real (no financiera). De hecho, como verán más adelante, para los inversores creo que a medio plazo es positiva. La cuestión es que se trata de un escenario poco habitual que creo que es muy posible que se produzca (de hecho ya tenemos en enero IPC negativo) y que sólo es un escenario financiero más en el que una estrategia adecuada permite obtener buenos resultados.

Y digo que es curioso que haya llamado la atención que estemos en un IPC negativo porque si sumamos la austeridad, la bajada de salarios, la mayor subida de impuestos directos e indirectos que hemos sufrido jamás (es la receta del PP para gobernar: todo se arregla subiendo impuestos), la enorme cantidad de parados (que obviamente compran menos), el estancamiento económico, la caída del precio de las materias primas –petróleo incluido-, la fortaleza del euro frente a la mayoría de las divisas –dólar estadounidense incluido– y la actitud cicatera del BCE, que no sólo no le da a la máquina de hacer billetes (QE), sino que retira dinero del sistema (el que les dejó a los bancos durante la crisis, por ejemplo), pues no sé cómo a alguien puede extrañarle que los precios bajen, la verdad.

Quitando la factura de la luz, que es más una subida de impuestos disfrazada que una subida real de precios, y los aumentos en sectores protegidos/regulados, ¿quién es el guapo que puede decir ahora en España: “como me van tan bien las cosas, voy a subir precios y así le saco partido a esta racha tan buena”? ¿Raro, no? Pues así tendrían que estar pensando los dueños de los comercios, los directivos y la gente en general para que suban los precios. Pero mucho me temo que lo que están pensando es justo lo contrario y los consumidores en posponer la compra de esa tele o esa falda para las próximas rebajas, o simplemente a que la falda o la tele bajen de precio porque, si cada mes están más baratas, ¿por qué no van a estarlo más dentro de unos meses? Es más: por Internet sale cada vez más barato.

¿Es buena la deflación? ¿Es mala? Lo primero que piensa la gente es que cómo va a ser malo que bajen los precios. Y cuanto más tiempo, mejor. Pero luego, cuando ven que como la empresa en la que trabajan (o su propio comercio) tiene que bajar precios para competir y que, como consecuencia, la empresa baja salarios para mantener un cierto margen de explotación, también baja el valor de ese piso que compraron cuando se suponía que el ladrillo nunca bajaba, que el inquilino negocia el alquiler a la baja y, lo peor: que, en cambio, el valor nominal de sus deudas –casa, coche, nevera– no baja, pues empiezan a pensar que a lo mejor la deflación no es tan buena.

Pero, como dije al inicio, no vamos a entrar en ese debate. Vamos a ver si la deflación es buena o mala para ahorradores e inversores, no para ciudadanos que no hacen ni una cosa ni la otra. La buena noticia es que un entorno desinflacionista (cuando los precios cada vez suben menos) e incluso deflacionista (cuando los precios directamente bajan) puede ser muy bueno para el inversor bien asesorado. La mala es que hay que saber aprovecharlo y que también se pueden aprovechar de ti colándote el producto inadecuado –cuidadín con los fondos de rentabilidad objetivo y los garantizados-, y que si dura mucho sólo es bueno para inversores conservadores (ahorradores), pero no para el inversor bursátil. Y si no que se lo pregunten a los bolsistas japoneses (el año pasado no cuenta: salieron de la deflación).

No hay nada más fácil que quedar bien con un cliente si le asesoras en un entorno desinflacionista (otra cosa es que te haga caso, claro), y no te quiero decir deflacionista. Por ejemplo, le aconsejas a tu cliente que compre un bono del Estado a x años, bono que, al tener un cupón fijo, hace que el cliente se sienta con más poder adquisitivo cada vez que sale a comprar algo, porque sus ingresos –el cupón de su bono– se mantiene, pero el valor de las cosas que tiene que comprar, desde la gasolina a la comida, pasando por lo que paga en un restaurante por el menú, todo eso baja. Es más: su bono se revaloriza (**) en el mercado, obtiene una plusvalía si bajan los tipos de interés.

Ciertamente, haberme hecho caso a primeros del año pasado en “Me apuesto una cena a que…” requería cierto estómago, pues veníamos de que un gobierno llegara a hacerlo tan mal como para que se cuestionara –y con fundamento- la credibilidad crediticia de España. Pero cuando meses más tarde insistí en esta recomendación en “Un 5% relativamente seguro”, la cosa ya era distinta. Y hablamos de un bono del Estado, el activo más líquido de España, que, en cuanto se anime la economía le dices al cliente que lo venda y listo (si se anima la economía puede animarse la inflación y el bono perdería valor, aunque al vencimiento siempre te van a dar lo que pusiste).

Pero para rentistas y ahorradores ya hemos hablado largo y tendido (los artículos anteriores más “Ni a los rentistas dejan ya tranquilos”). Hoy vamos a centrarnos en los inversores, la gente que quiere ganar algo o mucho más y está dispuesta a asumir los riesgos necesarios para ello. Pues de momento están de enhorabuena: cuanto más baje el IPC, mejor. Y, sobre todo: recemos porque sea negativo también en Alemania –más difícil, porque ahí las cosas van mucho mejor y encima se está gestando una burbuja inmobiliaria-, porque cuanto más se aleje el IPC del objetivo del mandato que se dio el BCE, es decir, preservar la estabilidad de precios en Europa -definida estabilidad de precios como una inflación “aproximada al 2%”- pues mejor, porque Mario Draghi nos va a recordar a Groucho Marx en aquello de “más madera”; o a Rambo con dos metralletas en la mano, pues va a tener que utilizar todo su arsenal para cumplir su mandato. Ahora, la inflación europea es del 0,7%, y las fuerzas desinflacionistas que cité anteriormente siguen ahí, y la tendencia es la que es.

¿Y qué pasa si “Supermario” se asusta –o se llena de razón frente a Alemania, que es lo que creo que está haciendo-? Pues que se va a poner a generar estímulo monetario a diestro y siniestro. Y cuanto más tarde en hacerlo, más estímulo tendrá que poner. ¿Y cómo reciben los mercados el estímulo monetario, sea vía QE, bajadas de tipos u otros métodos? Pues… Iba a decir otra cosa, pero me limitaré a decir que muy, pero que muy bien. ¿Por qué creen que el índice S&P 500 ha subido un 170% en los últimos cuatro años? ¿Por lo bien que iba la economía norteamericana? Es ahora cuando crece de forma razonable. Subió por el estímulo monetario y la consecuente anticipación bursátil del crecimiento que ese estímulo generaría en el futuro, como de hecho ha ocurrido.

Hombre, aquí no vamos a ver algo así en el BCE –es más estirado e inflexible–, pero les aseguro que Draghi va a tener que quitarse la chaqueta, ponerse el típico pañuelo de obrero español de los sesenta –ese de los nudos en las esquinas-, coger la pala y meter madera y carbón en la caldera a tutiplén, porque, si no lo hace, se le va a parar la locomotora justo cuando vienen los indios.

No puedo asegurarles que el BCE vaya a actuar como debería. La locura –o la incompetencia política europea– no tiene límites. Es más, el problema es mucho más serio: el señor Draghi tiene que establecer una política monetaria tanto para Alemania, que no tiene mucho riesgo deflacionista, como para España, Italia o Francia, que si lo tienen. No es una tarea fácil. Pero sea con más o menos intensidad, yo creo que le queda un cuarto de hora para ponerse el mono y coger la pala. Y, como dije antes, no hay mejor gasolina para las bolsas que dinero abundante y barato. Sí, ya sé: que si eso creará una burbuja, que si el remedio es peor que la enfermedad, que si la abuela fuma… No voy a entrar en ese debate. Mi trabajo consiste en hacer ganar dinero a la gente o que no lo pierdan. Y si gracias a la inacción del BCE ahora tiene que meter la directa y el turbo y mis clientes lo pueden aprovechar, pues bienvenido sea y punto pelota. De la política económica que se ocupe el señor ministro, que mi labor es ganar dinero… para pagar la máquina de recaudar esa que han puesto para sustituir al gobierno.

¡Buen fin de semana!

PD: estamos de luto economistas, blogueros financieros, tuiteros y facebookeros aficionados a los mercados por la repentina muerte del profesor David Taguas. Aparte de reiterar mi pésame a su familia, creo que lo mejor que podemos hacer los que le apreciábamos a él y a su obra es continuarla. Coger el testigo de su valiente acción contra los excesos impositivos del poder, excesos que impiden el desarrollo económico, mantienen la lacra del paro, impiden que seamos un país emprendedor y empresarial, castigan al que se esfuerza y promueven el pasotismo. Y también debemos mantener su crítica al despilfarro de los políticos, a la idea de que “el dinero de los impuestos no es de nadie” –claro que lo es, es de los ciudadanos-, de ese despilfarro que es la losa que impide poner dinero en manos de ciudadanos y empresas para que se recupere la economía. Perdemos a un valiente, y encima un profundo conocedor de lo suyo, al que la palabrería política no confundía. ¡Echaré de menos sus tuits y sus retuiteos!

(*) Por cierto, no digamos “inflacción”, con dos ‘c’. Inflación es con sólo una ‘c’ porque viene de inflar (inflar/desinflar precios).

(*) La relación entre el tipo de interés y el precio de un bono es inversamente proporcional: cuando baja el tipo de interés que ofrece el bono –o uno similar– sube su precio. Es lógico: si compro un bono con un 5% de cupón y dos años después la misma entidad –en este caso el Estado– emite al mismo plazo con un cupón de, digamos, el 2%, mi bono vale más pasados esos dos años, ya que da un cupón muy superior.

 

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