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16/06/2014 AUTOR: Víctor Alvargonzález Jorissen Varios

El problema de los taxistas es el problema de todos

Siempre me llamó la atención que muchas veces fuera más caro el taxi que te lleva al aeropuerto que el billete del avión. Y también que el precio de los taxis es el único que no baja nunca (más bien al contrario). Pero también sabía que la culpa no era de los taxistas, o al menos no toda la culpa. Porque resulta que sus costes son también de los pocos que no bajan nunca. Desde el precio de la gasolina hasta los impuestos que pagan por ejercer su actividad.

El petróleo es un mercado monopolístico dirigido por Arabia Saudí, que según abre o cierra el grifo es quién decide lo que pagamos por llenar el depósito. Y si empieza a haber sobreproducción en Irak o el fracking amenaza el precio casualmente, aparece un conflicto en un país productor, o en el país vecino. O por donde pasa el petróleo. O el gas. O aparecen un montón de tipos armados de nadie sabe donde – que encima se llaman ISIS y parece una producción de Hollywood o un video juego – justo al lado de uno de los principales campos petróliferos, campo al que, curiosamente, tampoco hacen daño físico. Vamos, que ISIS afecta al precio, pero no a la producción.

Pero el precio de la gasolina que paga un taxista tiene un componente tan importante como el componente OPEP, Arabia o ISIS:  los impuestos.

Además, los taxistas pagan impuestos específicos de su actividad: licencias, tasas, revisión de taxímetros, al sindicato – por si acaso – y seguro que muchos más que desconozco. Y luego tienen las cargas comunes a todo el que hace una actividad empresarial por cuenta propia – pagan como autónomos – y toda la ristra de impuestos municipales que pagamos por unos servicios generalmente impresentables si los comparamos con su precio. De hecho, en general son caros porque también tienen que cubrir todo tipo de desfalcos o, en el mejor de los casos, una mala gestión.

¿Cuál es la gran diferencia entre los taxistas y Uber? Que esta última no paga impuestos municipales, ni licencias, ni cuotas a sindicatos, etc., etc. ¿Y la otra diferencia? Que Uber es un negocio de tercera generación, una idea brillante que se basa totalmente en Internet y el libre mercado, una mezcla explosiva, por cierto. Si el coche que contratas vía Uber está hecho un asco, lo puntúas negativamente y al tipo lo sacas del negocio sin necesidad de despido ni papeles ni finiquito. Pero en Madrid, hasta hace poco aunque vieras que en el asiento del primer taxi de la parada corrías el riesgo de descubrir una nueva especie de ácaro gigante – y carnívoro -, aun así tenías que cogerlo por narices. Y ahora mismo no es legalmente obligatorio hacerlo, pero yo no intentaría saltarme al primero sin una muy buena razón. Aunque el ácaro estuviera sacando la cabeza por la ventana y sonriendo maliciosamente.

El caso es que hasta ahora los taxistas aceptaban la extorsión del Padrone Estado/Ayuntamiento a cambio de su protección frente a la competencia externa. Y todos contentos. Bueno, todos no. El cliente no estaba contento. Y tanto el Estado como los oligopolios o las grandes empresas suelen olvidarse de que en una economía de mercado el cliente es pequeñito, pero matón. Vamos, que va reaccionando, luego se juntan muchos y, finalmente, aparece un empresario dispuesto a venderles una solución. Los clientes primero cogían menos taxis porque les parecían caros y en algunos casos el servicio no era precisamente bueno. Luego empezaron a compartir vehículos. Y en eso llega Uber, que no es el lobo, es peor – para un monopolio -: es la libre empresa. La que también debería ser el taxi. Un señor o grupo de señores que tienen su negocio y lo ofrecen en condiciones de libre mercado. Pero el taxi no puede competir en libre mercado si tiene que pagar al Padrone. Y ahora tienen un problema tan gordo como el padrone de la película de El Padrino 2ª Parte y que habrá que ayudarles a solucionar. Y no poniendo puertas al campo: los negocios 2.0 tipo Uber son casi imparables por la vía de las alambradas. Hay que cambiar el chip, señores.

Porque yo a precio similar o incluso algo más caro prefiero que me lleve un verdadero profesional  – más que una licencia económica les exigiría un certificado de habilidad al volante y conocimiento de la ciudad – en un vehículo limpio y en condiciones – y sin la radio a tope, a ser posible – , es decir en un taxi profesional a un precio razonable. ¿Cuánto cree usted que nos costaría un taxi si el taxista no tuviera que pagar al Padrone? Pues seguro que mucho menos. Las iras de los taxistas deberían dirigirse al Padrone Estado/Ayuntamiento que les impide competir, no contra el competidor. No pidan protección. Pidan dejar de pagarla y luchar. Por cierto, la Administración, como políticos que son, se ha colocado estupendamente de perfil como si con ellos no fuera la cosa. Pero va. Vaya si va.

La cosa va de que no necesitamos un Estado grande por tamaño. Necesitamos un Estado en la misma acepción que se da en Twitter a un tuit cuando es muy bueno “.. .que grande mengano”. Necesitamos un Estado grande por fuerte, no por gordo. No me malinterpreten: quiero sanidad pública, escuela pública, tránsporte público y que haya un Estado que pueda calificar de grande por los grandes servicios que da a los ciudadanos, por cómo les proteje y cuida de ellos y porque encima lo haga de forma eficiente. Eso sí que se puede calificar de grandioso en el mejor sentido de la palabra (vean mi propuesta en “La patata, a la pila”). No quiero un gordo enorme y glotón que me exige que le dé más de la mitad de lo que gano  y a cambio me da unas migajas. Quiero pagar por agradecimiento, no por miedo.

Necesitamos un modelo de Estado y de Administración pública que nos podamos permitir y que podamos decir con admiración: “que grande”, como cuando recomendamos a alguien en las redes sociales. El Estado actual es la solución y es el problema, como el padrone de El Padrino o el de los taxistas. Un Estado más barato y eficaz mejoraría todo nuestro sistema productivo. Los propios servicios públicos serían mejores porque se gestionarían de forma eficiente y se emplearía el dinero donde de verdad se necesita. En fin: que en este caso, y aunque los taxistas se acomodaron al sistema del padre padrone protector/extorsionador, en este caso, como digo, taxistas somos todos. Todos pagamos un Estado grande en la peor acepción de la palabra, cuando podríamos pagar menos y dedicar ese dinero a producir, invertir, innovar o a ayudar a los que de verdad lo necesitan.

A los clientes del taxi les ha venido a ver Uber. Atención señores políticos, a ver quién va a ser el Uber de sus desengañados votantes. Yo ya he visto asomar a varios Ubers políticos en las últimas elecciones. Y viéndoles a ustedes, creo que no se han percatado o no quieren verlo, como los taxistas no quisieron ver que podía surgir un Corleone más fuerte que el Padrone. Pues a la realidad mejor verla, y cuanto antes mejor, especialmente la que no te guste, porque igual que en una economía de mercado  se rebela el cliente, surge el empresario que ve la oportunidad y acaba pagando la familia de un taxista – el padrone nunca, por supuesto – resulta que la democracia es el sistema político de la economía de mercado en la que vivimos y tiene mecanismos para que los electores actúen como clientes. Somos pequeñitos. Como clientes y como votantes. Pero somos matones. Como Alfredo Landa en El crack. O como los de la selección de futbol.

Buen fin de semana. Y “¡a por ellos!” (y me refiero al futbol, no a los políticos, no me malinterpreten).

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