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¿Quo vadis Italia?

¿Quo vadis Italia?

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Telón de Fondo

Europa es el lastre que impide que los motores de la economía mundial (EE.UU. y los países emergentes) relancen el crecimiento global. España e Italia son los máximos exponentes de ese lastre. No se nos pide ni que crezcamos, ni siquiera que seamos competitivos como norteamericanos o alemanes. Sólo se nos pide que seamos serios. Qué triste ver que ni siquiera de eso somos capaces.

Estábamos empezando a remontar el vuelo. En mi opinión —y todavía mantengo la esperanza—, por primera vez en varios años, España tiene una posibilidad de salir del agujero en el que nos dejaron. Desde luego que no gracias al esfuerzo del Estado, sino más bien al de los españoles, trabajadores y empresarios. Basta ver el reportaje que hizo el programa “El Intermedio” en Fitur para ver la marea de políticos que se vino a Madrid con todos los gastos pagados por sus respectivas diputaciones. ¿Realmente era necesario que se pasaran aquí un par de días todos los alcaldes, consejeros, conselleiros, conselleres, presidentes autonómicos, etc., para promocionar sus enclaves turísticos? ¿No bastaría un stand, una azafata, un buen despliegue audiovisual y un par de buenos comerciales? Pues no. El reportaje no tiene desperdicio (aunque aviso: si lo ven se van a poner de mal humor, salvo que sean residentes fiscales en el exterior). Pero volviendo al tema principal: los españoles, con sus sacrificios, estaban llevando al déficit a la senda bajista y con él a la prima de riesgo. Por fin íbamos a poder dedicar dinero a medidas pro crecimiento y no sólo a pagar deudas.

Siempre he dicho que la clase política no es el tercer problema de España. Es el primero, porque lo que los españoles consideran sus primeros problemas (la economía y el paro) son consecuencia de la incompetencia de la clase política. Cuando oigo decir que es de los banqueros y esas cosas, alucino. Culpa tienen, claro, pero ¿es que a los bancos —especialmente a las cajas— no les podía haber limitado el Banco de España la concesión de créditos hipotecarios (y/o a promotores inmobiliarios)? Por supuesto que sí. Y el Banco de España siempre ha dependido del ministro de Economía, que es un político. No tendríamos burbuja inmobiliaria, o al menos no de esta magnitud. ¿Y el déficit? ¿Es que también depende de la banca? En fin, que todo el mundo me ha visto criticar a la banca por querer estar en misa y repicando en temas financieros, es decir, quieren ser el fabricante del producto, el asesor y el distribuidor —“Abarca y Devora”, como el banco de la película de los hermanos Marx—, pero si España está como está es culpa de quienes controlaron el BOE y el Banco de España, no de la banca. La banca es culpable de las preferentes, de las obligaciones subordinadas, de los estructurados o de los bonos convertibles “con truco” y, en definitiva, de decir que asesoran cuando en realidad sólo venden lo que fabrican según lo que les interesa en cada momento y no en función de los intereses del inversor. Pero no es justo que también sean el chivo expiatorio de quienes mandaban sobre ellos y les dejaron –incluso animaron– a cometer todo tipo de excesos. Son culpables, sí, pero mucho más quienes tenían la responsabilidad de controlarlos.

El caso es que al final de nada sirven nuestros esfuerzos, ni la sangría de impuestos, ni el alargamiento en la edad de jubilación, ni el euro por receta ni nada de nada, porque un día sale un tipo con unos papeles que, falsos o no, le recuerdan al mundo la porquería que hay detrás de los partidos políticos españoles y el riesgo que supone invertir en un país así.

Pero preocupándome España, que me preocupa, a la hora de diseñar una estrategia de inversión me preocupa todavía más Italia. En España, salvo que se pruebe fuera de toda duda que los papeles de Bárcenas son auténticos y que no se han fabricado en un par de días, ese escándalo, —escandalazo diría yo, porque conociendo a la clase política española pienso en lo de “cuando el río suena, agua lleva”— perderá fuerza. Además, el PP tiene tal poder con su mayoría absoluta a casi todos los niveles de la Administración del Estado que puede capear un temporal así —insisto, salvo que se demuestren ciertas las acusaciones—. Me preocupa más Italia.

Porque el gran peligro del descrédito de la clase política es la aparición de salvadores nacionales. Viendo lo que tenemos delante se siente la tentación de pensar que podrían serlo. En la antigua Grecia cuando la porquería se salía del inodoro nombraban a un señor para dirigir el país un determinado periodo hasta poner orden y luego se iba sin ningún dramatismo. Y volvía la democracia con toda normalidad. Pero en la historia europea siempre ha sido peor el remedio que la enfermedad. Y el caso es que Italia tiene a Berlusconi. No es un dictador, pero sí es un salvador populista muy peligroso. No es de extrañar que las encuestas den buenos resultados a Berlusconi. Mientras los apoyados por Monti hablan de sacrificios y realismo, Berlusconi invita a los italianos a las fiestas de su casa de Cerdeña (metafóricamente hablando). Y la democracia es un hombre, un voto, así que cuidadín, que más de uno de la boina se lo va a creer.

¿Qué consecuencias tiene todo esto para los inversores? Hay dos formas de planteárselo. La primera: que España y, sobre todo, Italia, den al traste con la incipiente salida de la crisis de confianza europea. La segunda: que los italianos no le den suficiente margen de poder a Berlusconi para poner en peligro la normalización presupuestaria, bancaria y fiscal europea y que los papeles de Bárcenas se pierdan entre las torres de papeles que se ven en la televisión cada vez que sale un juzgado.

Quien crea que los problemas que genera la clase política española y sus corruptelas irán a más e incluso que podrían poner en peligro la gobernabilidad del país, o quien crea que Berlusconi puede llegar a alcanzar suficiente cuota de poder en Italia como para echar por tierra todo lo conseguido en los últimos meses en Europa, o quien crea en ambas cosas, que venda. Que se olvide de la deuda periférica, de la bolsa europea y, si me apuran, de la renta variable en general, porque el lastre europeo en la economía mundial no sólo no disminuiría, sino que aumentaría. Y ya conocemos qué pasa en los mercados cuando el fardo europeo coge peso.

Pero luego está la visión optimista: Rajoy tiene mucho poder y sólo podría sacarle del gobierno una demostración fehaciente de que los “papeles” son ciertos (o que se pierdan entre montañas de papeleo judicial). Y, siendo optimistas, podemos pensar que a lo mejor los italianos se lo piensan dos veces y no tropiezan en la misma piedra. En ese caso, cada escándalo, cada susto y su correspondiente corrección, serían una oportunidad de compra.

El dilema es considerable: yo no sé si se podrá probar, pero no acabo de creerme que si supuestamente el Sr. Bárcenas llevó una caja B de su partido, no se cubriera las espaldas. Tampoco acabo de creerme que los responsables del periódico que sacó a la luz a toda página los famosos papeles no realizaran la básicamente sencilla comprobación caligráfica de si eran auténticos, y, por supuesto, basándose en los originales. Si han sido capaces de lanzar todo eso basándose en la siempre manipulable fotocopia o PDF de turno, la verdad es que me sorprendería. Un periodista, y más a ese nivel, es —o debería ser— muy cuidadoso verificando sus fuentes. Un error en algo así se carga el medio de comunicación en cuestión. Por lo menos fuera de España se lo cargaría.

En cuanto a Italia, pues que quieren que les diga: ahí están las encuestas. Sube Berlusconi. Y pónganse en el lugar de un italiano frito a impuestos y harto de corrupción –no es difícil hacerse una idea siendo español– y que quiere creerse que Berlusconi le va a invitar a su fiesta. El marketing tiene mucho que ver con crear ilusión. Ciertamente hace falta poner mucha para pensar que alguien con el “carrerón” judicial de Berlusconi va a disminuir la corrupción, pero ¿y si eso es lo que menos les importa a los italianos, dado que casi todos los políticos son corruptos? Al menos este ofrece pan y juegos, mientras que los otros prometen sangre, sudor y lágrimas.

Mi enfoque es algo diferente, aunque se acerca más a la visión optimista en cuanto ha resultado final de la historia: hay que vigilar de cerca ambos peligros, porque no sabemos hasta dónde llegan estas cargas de profundidad, y vigilarlos muy en serio, porque no son baladí. Ahora bien: salvo que Berlusconi se hiciera con una mayoría absoluta, lo cual es improbable, aquí y en Italia quienes mandan son Alemania, el BCE y el FMI. Por ese orden. Porque son los que tienen la pasta. Así de claro. Y nadie quiere ni salir del euro, ni acabar rescatado, y nosotros ya lo estamos a medias —la banca es media economía española—. Si gobernara Rubalcaba no haría algo muy distinto de lo que hace Rajoy. Hará lo que le digan, como hizo Zapatero cuando le pillaron con un déficit del 7,5%. Y, por cierto, Rubalcaba tampoco va a cerrar el senado ni eliminar esas diputaciones tan generosas que invitan a cientos de políticos a ferias turísticas. Al fin y a la postre todos son “compañeros”. En todo caso, unas elecciones en España traerían un claro ascenso de partidos como UPyD o Ciutadans, lo cual no creo que sea malo: no han tenido tiempo de enfangarse y su potencial de ganar votos se basa en la idea de la regeneración y en cierto modo en algo que comparto: un aumento de la influencia de la ciudadanía, de la sociedad civil.

Pero volviendo a lo “mío”, que es la inversión, les diré que nuestra estrategia en lo que a deuda periférica se refiere —por ejemplo— es la de tener posiciones —que hasta ahora nos han dado buen resultado—, pero actuar de forma gradual, aumentándolas si se superan estos baches y disminuyéndolas/eliminándolas en caso contrario. Si finalmente resulta que la contabilidad “de tendero” (sus palabras) de Bárcenas fuera más cierta de lo que ahora él mismo niega —¡que habrá pasado por ahí debajo!—, pues entonces, a puerto seguro. Por cierto lo que está pasando en los entresijos de la ciénaga política española debería investigarlo a fondo algún guionista y le iría mejor que seguir haciendo guiones sobre la Guerra Civil. Menudo peliculón de mafioseo, corrupción, etc. Sólo falta que aparezca aparejado algún escándalo sexual.

Alguno se preguntará por qué en mi análisis no hablo de Grecia, Portugal o Irlanda, nuestros compañeros de viaje en el “nombrecito” que nos han puesto los anglosajones (PIGS) —¿qué gente tan ingeniosa, verdad?—. Bueno, de Grecia no hablo porque aunque por supuesto que no van a cumplir con nada, al final son como un grano: molesta, pero se puede vivir con él. Y hablo de la economía griega, no de los pobres griegos, que para ellos no es un grano, es un tumor. Y Alemania está dispuesta, por motivos políticos, a pagar el cuidado ambulatorio del “grano”. Portugal entra en el paquete España e Irlanda está haciéndolo bien y no le han salido ni contables B ni Berlusconis.

Así que gracias a Italia y a España estamos, como en el juego de la oca, unas casillas más atrás, de nuevo pendientes de lo que a los financieros nos enerva, que es tener que predecir movimientos de mercado en función de lo más impredecible del mundo, que es la política. Y más con esta tropa. Qué tiempos, cuando sólo teníamos que predecir resultados empresariales, tipos de interés, etc. Me reconocerán que llevamos unos años en los que obtener buenos resultados tiene mérito. En fin, que tengan un buen fin de semana.

PD. El otro día vi en TV al ministro de Exteriores, el Sr. Margallo. Yo trato de ser justo: mantengo que la clase política española es terrible, pero hay excepciones y a mi este señor me pareció que tenía un nivel poco habitual para lo que nos tienen acostumbrados nuestros políticos. Eso sí, luego vi un debate en la Asamblea de Madrid y, posteriormente, al Sr. Pujol “junior”  y volví a la realidad. Volví tanto que apague la tele para no tener pesadillas.

 

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