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Juegos de guerra

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En un mundo donde la generación de valor de un producto se reparte de manera global, los perjudicados por una guerra comercial son difíciles de identificar

A principios de los años 80, en la película que da nombre a este artículo, un ordenador del Pentágono planteaba a un jovencísimo Matthew Broderick, que “la guerra nuclear es un extraño juego en el que el único movimiento para ganar es no jugar”.

Desconocemos si Donald Trump va al cine y habrá visto el final de esta película, pero su “toma y daca” arancelario con México, China o la eurozona nos recuerda bastante al juego de suma cero que se planteaba hace casi 40 años.

Este tipo de situaciones se ponen de manifiesto cuando la ganancia o pérdida de un participante se equilibra con exactitud con las pérdidas o ganancias de los otros participantes. De este modo, si sumamos lo que ganan y pierden cada uno de los jugadores el resultado siempre es cero. Desarrollada y formalizada a partir de los trabajos de John von Neumann y Oskar Morgenstern, esta teoría se aplicó especialmente a la estrategia militar durante la Guerra Fría.

El ajedrez o el póker podrían ser ejemplos de juegos de suma cero, siendo estos un caso especial, conocido como juego de suma constante, donde los beneficios y las pérdidas de todos los jugadores equivalen al mismo valor, porque se gana exactamente la cantidad que pierde el oponente.

¿Y está Trump ante una posible situación de suma cero? Podría parecer que no por su aparente posición de fuerza, pero recordemos que hace apenas nueve años, ante un escenario parecido, en el que EE.UU. impuso aranceles, México aplicó represalias arancelarias sobre un volumen de apenas 2.400 millones de dólares en importaciones. El resultado fue que cerca de 100 productos, que iban desde árboles de Navidad de Oregón, hasta patatas de Idaho pasando por papel de Wisconsin o joyas de Nueva York, sufrieron tasas entre el 5 y el 25%. Al ritmo que estas aumentaban, lo hacían también las llamadas telefónicas a congresistas y senadores tanto republicanos como demócratas, que a su vez presionaron al presidente, por lo que en poco tiempo tuvo que desistir de su política arancelaria.

Siguiendo con el ejemplo de México, parece difícil que EE.UU. realice cambios importantes en la política comercial entre ambos países, cuando el 40% del valor de las exportaciones de México a EE.UU., son originadas previamente en el segundo. Además, treinta de los estados norteamericanos, entre los que se encuentra una parte importante de la masa de votantes de Trump, tienen en el vecino del sur el primer destino de sus exportaciones.

En un mundo donde la generación de valor de un producto se reparte de manera global, los perjudicados por una guerra comercial son difíciles de identificar y, a largo plazo, nos podemos encontrar, como la célebre WOPR de nuestra película ochentera, con la destrucción mutua garantizada, es decir, que nunca haya ganador.


Ignacio Perea
Director de Inversiones

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