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28/10/2025 AUTOR: Álvaro Lleras Análisis & Inversiones

Oro y Bitcoin: ¿dos refugios? Dos mundos

Durante siglos, el oro ha sido el símbolo por excelencia de seguridad. En cada crisis —ya fuera bélica, inflacionaria o financiera—los inversores han acudido a él como escudo contra la incertidumbre. Sin embargo, en la última década ha surgido un competidor inesperado: Bitcoin, al que muchos han bautizado como el “oro digital”. Esta nueva narrativa desafía la hegemonía del metal precioso como reserva de valor y plantea una pregunta clave para el inversor moderno: ¿pueden ambos convivir?

 

Similitudes que inspiran, diferencias que definen

A primera vista, el oro y Bitcoin comparten ciertos rasgos esenciales. Ambos son escasos y no pueden crearse arbitrariamente. El primero se extrae de la tierra; el segundo, de la potencia computacional. En ambos casos, su oferta está limitada: las reservas de oro son finitas y el código de Bitcoin establece un máximo de 21 millones de unidades.

 

También comparten un aura de independencia. El oro lo ha forjado a lo largo de milenios, mientras que Bitcoin lo debe a su naturaleza descentralizada y al misterio que rodea a su creador, Satoshi Nakamoto. Los dos atraen a quienes desconfían del dinero fiduciario, temen la inflación o buscan resguardarse del control de los bancos centrales.

 

Pero las coincidencias terminan ahí. Porque en términos de comportamiento, uno sigue siendo un activo de refugio clásico; el otro, un activo de riesgo disfrazado de promesa.

 

 

Oro estable, Bitcoin volátil

Los datos lo confirman. En jornadas donde el S&P 500 cae más de un 3%, el oro apenas varía (-0,04% de media), mientras que Bitcoin se desploma alrededor de un 4,3%. En cambio, cuando las bolsas repuntan, la criptomoneda se dispara (+3,46%), mientras que el oro apenas se mueve (+0,36%).

 

En otras palabras: el oro brilla cuando reina el miedo, Bitcoin cuando domina el apetito por el riesgo.
El primero se comporta como un refugio probado, el segundo como un activo especulativo con gran potencial, pero todavía sin la validación que otorga el paso del tiempo.

 

Fuente: Elaboración propia. Datos de Bloomberg desde julio de 2010 hasta septiembre 2025.

 

Récords paralelos, motivos distintos

En las últimas semanas, tanto el oro como Bitcoin han alcanzado máximos históricos. El metal superó los 4.000 dólares por onza, impulsado por la debilidad del dólar y la búsqueda de estabilidad ante la incertidumbre económica. Bitcoin, por su parte, rebasó los 126.000 dólares, apoyado en la expectativa de una política monetaria más laxa y el creciente interés institucional por los activos digitales.

 

Detrás de ambos movimientos hay factores comunes:

  • La caída del dólar mejora el atractivo de los activos no denominados en esa divisa.
  • Los riesgos fiscales y políticos en EE.UU. (como el reciente shutdown) fortalecen la demanda de refugios alternativos.
  • Y las expectativas de nuevos recortes de tipos por parte de la Fed impulsan activos sin rentabilidad intrínseca, como el oro o Bitcoin.

 

Aun así, las razones de fondo difieren: el oro sube por su papel histórico como valor seguro; Bitcoin lo hace porque los inversores asumen más riesgo en busca de rentabilidad.

 

Dos roles complementarios en la cartera

¿Significa esto que uno sustituye al otro? Probablemente no. El oro sigue siendo el pilar defensivo en momentos de volatilidad. Bitcoin, en cambio, actúa como un acelerador: puede ofrecer grandes beneficios, pero exige mayor tolerancia al riesgo.

 

Por eso, su peso en una cartera depende del perfil del inversor, su horizonte temporal y su comprensión de lo que cada activo representa. El equilibrio puede estar en combinar ambos: uno como guardián del pasado, el otro como apuesta hacia el futuro.

 

El oro y Bitcoin reflejan dos eras del dinero: la tangible y la digital. Uno brilla por su historia; el otro, por su innovación. Sin embargo, mientras el metal dorado mantiene su reputación como refugio en tiempos de tormenta, Bitcoin aún debe demostrar que puede resistir más allá del entusiasmo de los mercados.

 

Al final, la lección es clara: en inversión, el valor no solo se mide en brillo, sino en resiliencia.

 

Álvaro Lleras Montoya
Analista

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