
Las cifras más recientes ratifican que Estados Unidos continúa actuando como motor principal de la economía global. No obstante, la imagen que proyecta dista mucho de representar una mejora homogénea, sino más bien la de un sistema económico bifurcado: un segmento progresa con vigor, mientras otro permanece estancado.
Esta analogía visual resulta útil para comprender por qué los indicadores macroeconómicos exhiben resultados tan favorables, al mismo tiempo que numerosos ciudadanos apenas experimentan avances tangibles en su situación cotidiana.
Los índices PMI constituyen uno de los barómetros más ágiles para medir la actividad empresarial. Lecturas superiores a 50 señalan expansión; inferiores, contracción. En territorio estadounidense, tanto el componente de servicios como el manufacturero se ubican firmemente en zona de crecimiento.
A simple vista, el diagnóstico resulta inequívoco: la economía se expande, el consumo mantiene su resistencia y el temido colapso económico no se ha materializado, a pesar de los ajustes monetarios ejecutados en años recientes. Sin embargo, tras estos agregados se oculta una realidad considerablemente más fragmentada. El gasto se sostiene gracias a impulsos fiscales, condiciones crediticias aún accesibles y el incremento patrimonial derivado de las revalorizaciones bursátiles e inmobiliarias. Estos efectos, no obstante, se distribuyen de manera profundamente desigual.
Mientras un conjunto de hogares y corporaciones se beneficia notablemente, otro apenas logra preservar su capacidad adquisitiva. De ahí que la metáfora de la K se haya consolidado como descriptor sintético de esta recuperación fragmentada.
Los últimos datos del PMI de servicios evidencian demanda consistente, flujos de pedidos estables y un mercado laboral sin señales de deterioro significativo. El consumo se mantiene activo y no se detectan síntomas de degradación abrupta en el empleo. En el ámbito industrial, tras una fase de debilidad, la actividad ha recuperado impulso y retorna a territorio de expansión moderada.
El dinamismo del sector terciario está estrechamente vinculado al gasto de hogares en los estratos medio y superior. Son estos quienes más capitalizan la apreciación de sus propiedades inmobiliarias, la revalorización de sus carteras de inversión y un acceso más favorable al financiamiento. Para este segmento, la confianza permanece elevada y el consumo fluye: turismo, hostelería, entretenimiento, tecnología y servicios financieros. Esta constituye la rama ascendente de la K.
En contraste, los hogares con menores ingresos enfrentan una coyuntura más adversa. El encarecimiento generalizado, la erosión del ahorro acumulado y las restricciones para acceder a créditos ejercen mayor presión. Las mejoras salariales y las transferencias públicas resultan insuficientes para compensar estas tensiones. Los PMI no desagregan por nivel de renta, pero el resultado agregado refleja la combinación de estas dos trayectorias divergentes.
La mejora del PMI manufacturero no obedece exclusivamente a un repunte generalizado de la demanda. Subyace un intenso ciclo de inversión corporativa, altamente concentrado en sectores específicos.
La apuesta estratégica por inteligencia artificial, infraestructura de procesamiento de datos, automatización industrial y reconfiguración de cadenas de suministro está impulsando a las grandes corporaciones tecnológicas. Además, muchas disfrutan de incentivos fiscales directos. Por el contrario, numerosas pequeñas y medianas empresas manufactureras continúan bajo tensión: financiación más costosa, márgenes comprimidos y competencia intensa. Nuevamente emerge la bifurcación: algunos actores avanzan aceleradamente, otros apenas logran progresar.
En el frente del empleo, la creación de puestos persiste, aunque con menor intensidad. Los principales beneficiarios son trabajadores en sectores de alta productividad, como tecnología, finanzas o servicios especializados, donde remuneraciones y condiciones laborales han mejorado claramente.
En la base de la pirámide laboral predominan empleos más precarios y con menor compensación. La segmentación del mercado de trabajo reproduce la estructura en K: oportunidades expansivas para unos, fragilidad persistente para otros.
Al dirigir la mirada hacia Europa, el contraste ayuda a contextualizar mejor la situación. En la zona euro, los PMI también han abandonado el territorio de contracción, pero con impulso notablemente menor. Los servicios crecen de manera comedida y la industria apenas supera el umbral de expansión. El tono general resulta claramente más apagado que al otro lado del Atlántico.
Esta diferencia se explica, parcialmente, por un estímulo fiscal más limitado y una reacción más tardía en áreas como defensa, transición energética o respaldo industrial. Si Estados Unidos dibuja una K muy pronunciada, Europa muestra una pendiente más suave: menor dinamismo, pero también disparidades algo menos extremas.
Si uno se limita a los titulares agregados, los PMI invitan al optimismo. La actividad crece, el empleo resiste y la recesión parece una amenaza remota.
En este contexto, conviene considerar los riesgos latentes. Por un lado, prolongar excesivamente políticas expansivas puede generar sobrecalentamiento. Si el mercado laboral se tensiona o los salarios se aceleran significativamente, la inflación podría resurgir. En ese escenario, el margen de actuación de las autoridades monetarias sería limitado.
Por otro, aumenta la probabilidad de formación de burbujas en activos financieros. Con liquidez abundante y una narrativa tecnológica poderosa, parte del capital fluye hacia renta variable e inmobiliario, reforzando el efecto riqueza de los segmentos más favorecidos y ampliando la brecha distributiva.
Adicionalmente, un sistema económico a dos velocidades genera consecuencias sociales y políticas. Cuando las estadísticas son favorables pero una porción significativa de la población no percibe mejoras, se acrecienta el malestar y emergen espacios para respuestas más radicales.
La estabilidad no depende únicamente de que el PMI supere el umbral de 50, sino de que la expansión sea inclusiva.
En síntesis, los indicadores revelan una economía estadounidense en expansión, con un sector servicios dinámico y una manufactura que ha recuperado tracción. Sin embargo, esta fortaleza se concentra en determinados estratos de renta, sectores tecnológicos y grandes corporaciones, mientras numerosos hogares y pequeñas empresas avanzan con dificultad.
La representación de la K permite reconciliar dos percepciones aparentemente contradictorias: unos datos macroeconómicos muy sólidos y una percepción social todavía frágil. Para comprender el ciclo actual no basta con verificar si el PMI marca 51 o 53. La pregunta fundamental es quién impulsa ese crecimiento, quién queda excluido y durante cuánto tiempo puede sostenerse una expansión fundamentada en una distribución tan desigual.