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21/01/2026 AUTOR: Álvaro Lleras Análisis & Inversiones

El 1 de enero no resetea los mercados

El arranque de un nuevo ejercicio suele acompañarse de una sensación renovadora. Se actualiza el calendario, resurgen las aspiraciones y los inversores parecen preparados para olvidar lo sucedido en los meses precedentes. No obstante, en el ámbito financiero esta noción resulta ser más un espejismo mental que una verdad económica. El primer día del año no resetea el sistema: las dinámicas establecidas, los desajustes existentes y las corrientes acumuladas permanecen intactas, independientemente de que el almanaque señale un nuevo inicio.

 

La ilusión del reseteo anual

Esta creencia de que cada enero inaugura un escenario completamente diferente frecuentemente conduce a evaluaciones equivocadas y decisiones de inversión desacertadas. Se presupone que los activos parten desde una situación neutral, cuando en la práctica cargan con todo el bagaje anterior. Las cotizaciones no se recalibran de manera automática, los movimientos de capital no cesan y las elecciones realizadas tiempo atrás siguen ejerciendo influencia sobre las valoraciones. El ecosistema financiero, al igual que la economía tangible, conserva registro de su historia.

 

Una manifestación evidente de esto se observa en cómo evolucionan los activos después de un periodo particularmente volátil. Cuando un año concluye con alzas pronunciadas en renta variable o con estrechamientos significativos en los spreads crediticios, enero raramente representa un punto de ruptura inmediato. Por el contrario, habitualmente funciona como una extensión del impulso precedente. Los gestores institucionales modifican sus posiciones de forma progresiva, los vehículos de inversión no alteran su orientación repentinamente y las corrientes dominantes requieren tiempo para extinguirse.

 

 

El rezago de la política monetaria

Un fenómeno equivalente se produce con las acciones de las autoridades monetarias. Aunque se hable de «fase renovada», los efectos de las decisiones sobre tipos se materializan con demora. Una reducción de tasas no elimina las consecuencias de años previos de endurecimiento, de igual manera que una detención no suprime instantáneamente las condiciones financieras estrictas. Las economías y los mercados responden de manera acumulativa, no de forma instantánea.

 

Este arrastre resulta particularmente notorio en los instrumentos de deuda. Tras años de rentabilidades mínimas, la corrección abrupta de 2022 y 2023 generó efectos duraderos que todavía determinan cómo se estructuran las carteras. Pese a que los cupones actuales resulten más interesantes, aspectos como la sensibilidad a tipos, la exposición al riesgo emisor o el perfil de amortizaciones continúan reflejando decisiones adoptadas en un entorno radicalmente distinto. El almanaque avanza, pero los títulos emitidos hace tiempo siguen operándose y manteniendo peso en los índices de referencia.

 

Narrativas y flujos estructurales

En los mercados de acciones se reproduce un patrón similar. Los relatos dominantes no se actualizan mecánicamente con el cambio de año. Sectores que han recibido flujos sostenidos —tecnología, banca o industria armamentística— no pierden ese respaldo de la noche a la mañana. Paralelamente, geografías o enfoques de inversión penalizados requieren bastante más que un simple cambio de fecha para reconquistar el apetito inversor. El historial reciente resulta determinante.

 

El peligro de asumir que todo comienza desde cero radica en tomar decisiones apresuradas. Rebalanceos excesivamente drásticos, liquidaciones motivadas por puro simbolismo o modificaciones estratégicas impulsadas más por el calendario que por variables fundamentales. Enero resulta, irónicamente, uno de los periodos donde más se confunde la acción con la convicción. Se reajustan las posiciones no porque el contexto haya variado, sino porque se percibe como «oportuno» hacerlo.

 

Reflexión versus reacción

Esto no implica que el comienzo del año carezca de valor para el análisis. Lo tiene, pero bajo una perspectiva diferente. Más que plantearse qué acontecimientos se producirán en los próximos meses, resulta provechoso preguntarse qué elementos del periodo anterior mantienen su validez. Qué exposiciones al riesgo permanecen latentes, qué valoraciones siguen siendo exigentes y qué desequilibrios aún aguardan corrección. Con frecuencia, las grandes cuestiones del mercado no encuentran resolución en doce meses, sino que se extienden a través de varios ejercicios.

 

También constituye un momento apropiado para recordar que la paciencia frecuentemente representa una ventaja diferencial. En un ecosistema saturado de información, donde cada jornada parece inaugurar un nuevo consenso, la tentación de reaccionar permanentemente es elevada. Sin embargo, los rendimientos a largo plazo suelen vincularse más estrechamente con la constancia que con la velocidad de respuesta. Comprender que el mercado no se reinicia facilita ignorar el ruido irrelevante.

 

La asimetría entre expectativas y datos

Al iniciar el año, además, emerge una peculiar asimetría: las previsiones se actualizan con mayor celeridad que la información económica real. Las proyecciones cambian, los escenarios se modifican y los medios se llenan de nuevos consensos, mientras que los indicadores macroeconómicos avanzan a un ritmo considerablemente más pausado. Esta desincronización puede provocar frustración o movimientos erráticos si no se administra con prudencia.

 

Por esta razón, comenzar el año no debería equivaler a partir desde una posición neutra, sino a proseguir con mayor lucidez. Revisar composiciones de cartera, sin duda; replantear metas, también. Pero siempre desde la comprensión de que el mercado constituye un proceso continuo, no una secuencia de episodios independientes. El primer día de enero representa una fecha emblemática, útil para organizar el pensamiento, pero sin relevancia para los fundamentos económicos.

 

La importancia de la continuidad

En síntesis, los mercados financieros no inauguran un capítulo completamente nuevo con el cambio de calendario. Mantienen dinámicas establecidas, acumulan decisiones previas y reflejan procesos que trascienden ampliamente un año natural. Tener presente esta realidad al comenzar el ejercicio puede constituir una de las estrategias más efectivas para invertir con fundamento: menos impulsos reactivos, mayor consideración del contexto y una visión que no confunda el transcurso temporal con un verdadero reinicio del sistema.

 

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Álvaro Lleras Montoya
Analista

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