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25/06/2026 AUTOR: Daniel Lacalle Estratègies

La nueva normalidad de la Fed y la fortaleza de la economía de Estados Unidos

La nueva Fed

La economía de Estados Unidos atraviesa una fase que hace apenas dos años parecía improbable: crecimiento sólido, mercado laboral potente, un sector manufacturero en expansión, inflación moderándose y una Reserva Federal que ya no está obligada a reaccionar de forma abrupta ante cada sobresalto del mercado. En este nuevo entorno, la llamada “nueva normalidad” de la Fed no debe interpretarse como pasividad, sino como la confianza en que la política monetaria actual ya es lo bastante restrictiva como para consolidar la desinflación sin dañar la expansión.

 

Los precios del petróleo se han desplomado con rapidez y los costes de los fletes también han descendido rápidamente tras las tensiones energéticas de comienzos de año. La caída del crudo actúa como un alivio para hogares y empresas, reduce una fuente relevante de presión sobre el IPC y ofrece al banco central el tiempo que necesitaba para comprobar que la desinflación es una tendencia cada vez más sólida.

 

Uno de los rasgos más llamativos de 2026 es que la economía estadounidense ha soportado con enorme solidez una combinación de shocks que, en otros momentos, habría generado una corrección mucho más severa. A pesar del repunte del petróleo registrado en los primeros meses del año y de la incertidumbre geopolítica asociada, la actividad no se ha descarrilado y el empleo privado ha seguido creciendo. Los buenos datos de empleo, con la parte pública cayendo como estrategia del Gobierno, han reforzado la decisión de la Fed de mantener los tipos.

 

Estados Unidos llega a esta fase con una estructura económica más flexible, un sector empresarial capaz de adaptarse con rapidez y una posición energética más sólida que en ciclos anteriores. Capital Economics señalaba en marzo que incluso un petróleo cercano a 100 dólares por barril no tendría un impacto especialmente negativo sobre la economía estadounidense, en parte porque el país es hoy un exportador neto de energía, lo que amortigua una parte del golpe que sí sufrirían otras economías importadoras netas.

 

 

La economía de Estados Unidos ha ganado capacidad para absorber perturbaciones externas sin caer automáticamente en una dinámica recesiva.

 

La Fed mantuvo los tipos en su última reunión porque sabe que no es momento de perjudicar a familias y empresas. Todo apunta a que los datos de inflación de junio serán, tras la caída del petróleo, más bajos y estarán más cerca del objetivo. Nuestras estimaciones apuntan a una inflación subyacente del 2,6% en junio y a una inflación general del 3,2%.

 

Ese punto es fundamental. La “nueva normalidad” de la Fed no consiste en tipos cero ni en un banco central dispuesto a rescatar cualquier corrección del mercado. Consiste en una autoridad monetaria que considera que el nivel actual de tipos es compatible con seguir avanzando hacia sus objetivos de inflación y empleo, sin necesidad de movimientos precipitados.

 

La propia Mary Daly, presidenta de la Fed de San Francisco, afirmaba que la economía estadounidense es “fundamentalmente sólida”, que el mercado laboral se ha estabilizado y que la política monetaria está en una “buena posición”: lo suficientemente restrictiva como para ejercer presión a la baja sobre la inflación. Esa formulación resume bien el nuevo momento monetario. La Fed no está atrapada, no llega tarde ni se encuentra a ciegas. Está, más bien, en una posición desde la que puede observar, contrastar y esperar confirmación.

 

La importancia de la reciente caída del petróleo no debe subestimarse. Durante meses, el mercado temió que las tensiones en Oriente Medio y otros focos geopolíticos prolongaran un shock energético capaz de reavivar la inflación y obligar a la Fed a endurecer aún más su postura.

 

Sin embargo, la situación se ha revertido rápidamente. Las caídas del crudo, debidas a una menor tensión inmediata en el mercado energético, han llevado a las materias primas a niveles de marzo en el mercado al contado. Desde el punto de vista macroeconómico, esto reduce los costes logísticos, alivia la factura energética de los hogares y contribuye a moderar la inflación general.

 

Para la Fed, este giro tiene un valor estratégico. Si el 75% del repunte inflacionario reciente venía asociado a la energía, la corrección del petróleo ofrece una oportunidad para comprobar hasta qué punto la desinflación subyacente sigue avanzando una vez desaparece ese ruido externo.

 

Otro aspecto central del argumento positivo es que la desinflación en Estados Unidos ha dejado de ser una promesa y empieza a consolidarse como una trayectoria verificable. El análisis del IPC de mayo mostraba una desaceleración del índice subyacente y una moderación en el 60% de los precios analizados. Aunque la Fed sigue siendo prudente, esa evolución refuerza la idea de que la inflación ya no se mueve en un único sentido.

 

En ese sentido, la paciencia de la Fed no es una señal de debilidad, sino de fortaleza institucional. Solo un banco central que percibe que su política ya está haciendo efecto puede permitirse esperar y comprobar.

 

Desde la perspectiva política, el presidente Trump ha aprovechado la caída del crudo para reforzar un mensaje muy claro: Estados Unidos es una economía fuerte, con poder energético, capacidad de crecimiento y margen para prosperar incluso en un entorno internacional complejo. Esa idea conecta con una intuición económica muy potente entre los ciudadanos: cuando baja el precio de la energía, desciende una parte relevante del coste de la vida y mejora la percepción de bienestar.

 

Más allá de la retórica política, hay una lógica macroeconómica detrás. Un petróleo más barato funciona como una transferencia de renta a consumidores y empresas. Reduce los costes de transporte, mejora los márgenes empresariales en sectores intensivos en energía y deja más renta disponible para el consumo en los hogares.

 

Trump puede presentar fortaleza, mientras la Fed mantiene una posición que transmite prudencia y credibilidad.

 

El verdadero valor de esta “nueva normalidad” es que abre una ventana poco habitual. Estados Unidos no se encuentra hoy en una recesión que exija rescates monetarios ni en una espiral inflacionaria que obligue a golpear la demanda con más dureza. Se encuentra en una zona intermedia saludable: crecimiento suficiente, inflación moderándose y una autoridad monetaria que puede permitirse administrar el tiempo.

 

La “nueva normalidad” de la Fed no es un síntoma de agotamiento, sino una señal de madurez del ciclo y de un banco central que, por fin, presta atención a los datos y a los agregados monetarios. Cuando una economía crece, resiste shocks y permite a su banco central esperar antes de mover ficha, lo que está mostrando no es fragilidad, sino confianza y solidez.

 

Economista en cap de Tressis

Doctor en Economia, professor d’Economia Global i Finances, a més de gestor de fons d’inversió.

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