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20/11/2025 AUTOR: Jorge González Anàlisi & Inversions

La era de la IA: revolución y prudencia inversora

Los últimos acuerdos entre grandes tecnológicas han vuelto a dejar claro que la inteligencia artificial (IA) no es solo una tendencia, sino uno de los mayores ciclos de inversión industrial de nuestra era. En 2025, las grandes compañías planean destinar cerca de 400.000 millones de dólares a infraestructuras dedicadas al entrenamiento de modelos de IA. Y las proyecciones apuntan a que el gasto global podría alcanzar siete billones de dólares de aquí a 2030. Una cifra que rivaliza con las grandes transformaciones industriales del pasado.

 

Un motor del crecimiento… por ahora

El impacto macroeconómico ya se percibe con claridad. En Estados Unidos, la inversión en centros de datos habría aportado más de un tercio del crecimiento del PIB real durante el segundo trimestre de 2025, y podría superar el 50% en la segunda mitad del año. Si estas inversiones logran traducirse en mejoras de productividad sostenibles, podríamos estar ante un fenómeno comparable al boom tecnológico de finales de los noventa.

 

Sin embargo, la historia económica recuerda que no toda revolución tecnológica se traduce en beneficios sostenibles para los inversores. Hoy, la euforia por la IA ha llevado las valoraciones bursátiles a niveles históricamente exigentes: el PER ajustado del S&P 500 se sitúa más de dos desviaciones estándar por encima de su media de largo plazo. Muchos analistas ven en ello el signo de una cuarta gran era tecnológica, con ecos de los picos de 1900, 1920 y la burbuja puntocom del 2000.

 

Euforia, concentración y señales de alerta

A diferencia de aquellos periodos, las actuales líderes del mercado —las llamadas Magnificent 7— sí generan beneficios y gozan de una posición dominante. No obstante, comienzan a aparecer síntomas de exceso de optimismo. Algunas financian su expansión en IA recurriendo a deuda o participando en inversiones cruzadas —como las de NVIDIA, OpenAI o AMD—, recordando los comportamientos típicos de fases avanzadas de ciclo.

 

Al mismo tiempo, se observa una brecha entre la expectativa y la adopción real. Aunque la IA despierta entusiasmo entre consumidores y empresas, su implantación masiva y el valor tangible que genera aún son limitados. Es probable que, antes de ver los beneficios sostenibles de esta revolución, el mercado atraviese una fase de desilusión.

 

Un rally amplio, pero con matices

El impulso de la IA ha extendido su efecto más allá del sector tecnológico. El rally iniciado en abril ha beneficiado también a los sectores industrial, financiero, energético y de materiales, e incluso las utilities han ganado atractivo gracias al debate sobre la futura demanda energética.

 

No obstante, el factor calidad —empresas con balances sólidos y beneficios estables— vive uno de sus peores momentos relativos desde 1999. En ciclos anteriores, tras periodos de debilidad extrema, este tipo de compañías suele recuperar terreno con fuerza. Podría volver a ocurrir, aunque el momento exacto sigue siendo incierto.

 

Crecimiento prometedor vs. crecimiento rentable

En este entorno, la construcción de carteras requiere más discernimiento que entusiasmo. La inteligencia artificial abre oportunidades evidentes en semiconductores, equipos eléctricos o redes energéticas, pero la visibilidad sobre los retornos sigue siendo reducida. En algún punto, los mercados empezarán a exigir rentabilidad tangible y disciplina de capital.

 

Por eso, más que perseguir la última moda tecnológica, los inversores deberían recordar un principio esencial: diversificar no es renunciar al crecimiento, sino protegerlo a largo plazo.

 

Combinar la exposición a tendencias estructurales —como la IA o la transición energética— con empresas de calidad y sectores defensivos ayuda a equilibrar el binomio rentabilidad-riesgo y a reducir la dependencia de una sola narrativa de mercado.

 

Prudencia en tiempos de entusiasmo

La inteligencia artificial marcará, sin duda, la próxima década económica. Pero, como en toda revolución tecnológica, el verdadero reto será distinguir entre la innovación que genera valor real y la que solo promete. En un entorno dominado por la euforia inversora, la prudencia y la diversificación siguen siendo las mejores aliadas del inversor informado.

 

Jorge González Gómez
Director de Análisis

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