
En los últimos años, las empresas europeas han buscado fórmulas para reforzar sus balances sin tener que recurrir a ampliaciones de capital que diluyen a los accionistas. En este contexto, un instrumento financiero particular ha ido ganando terreno: los bonos híbridos corporativos. Se trata de valores a medio camino entre la deuda tradicional y el capital, que ofrecen una rentabilidad más elevada que el crédito de grado de inversión, aunque con un nivel superior de complejidad y riesgo.
Los híbridos funcionan como bonos a ojos de los inversores —pagan cupones periódicos y cotizan en el mercado secundario—, pero las agencias de calificación crediticia reconocen parte de su importe como capital. Esta dualidad convierte al híbrido en una herramienta estratégica: aparenta ser deuda, pero fortalece el balance como si en parte fuese equity.
En la práctica, se comportan como emisiones subordinadas de muy largo plazo, a menudo sin fecha de vencimiento definida. Además, incluyen cláusulas que permiten al emisor diferir el pago de cupones en situaciones de tensión financiera, lo que los aproxima al comportamiento de las acciones preferentes.
Emitir acciones implica diluir la participación de los socios existentes, mientras que financiarse solo con deuda senior puede deteriorar los indicadores de apalancamiento y afectar a la calificación. Los híbridos se posicionan como un término medio: permiten mejorar el perfil crediticio, deducir fiscalmente los cupones y abaratar el coste de capital frente a una ampliación de capital tradicional.
Ejemplos como Iberdrola, EDF, Enel o Telefónica demuestran su utilidad, especialmente para financiar proyectos de gran escala como la transición energética o procesos de reestructuración corporativa.
Para quienes invierten en renta fija, los híbridos resultan atractivos porque pagan una prima frente a los bonos senior del mismo emisor. Esa rentabilidad extra —por ejemplo, un 5% frente a un 3% en una utility europea— compensa riesgos como la subordinación, la posibilidad de que el bono no sea amortizado en la primera fecha de call o el eventual aplazamiento de cupones.
A diferencia de los CoCos bancarios, no incluyen cláusulas de conversión en acciones ni riesgo de absorción de pérdidas por decisión regulatoria, lo que les otorga un perfil más estable y predecible.
El segmento de deuda híbrida corporativa ha pasado en apenas una década de ser casi desconocido a alcanzar un volumen superior a los 300.000 millones de dólares. Aunque todavía es más pequeño que el mercado europeo de high yield, su consolidación avanza a medida que las empresas buscan alternativas para financiar inversiones intensivas en capital.
El grueso de las emisiones proviene de corporaciones europeas de grado de inversión, sobre todo de sectores regulados como utilities, energía y telecomunicaciones. Esta concentración hace que el mercado sea terreno fértil para gestores especializados, capaces de identificar valor en emisiones líquidas pero aún poco exploradas por el inversor generalista.
Los híbridos corporativos se han convertido en un punto intermedio dentro del espectro de financiación: más seguros que la renta variable, pero con rendimientos más atractivos que la deuda senior. Para las empresas, representan un mecanismo eficaz para optimizar el coste de capital y mantener la calificación crediticia; para los inversores, una oportunidad de diversificación con rentabilidades adicionales.
En un entorno marcado por la búsqueda de equilibrio entre rentabilidad y seguridad, todo apunta a que los híbridos seguirán ampliando su protagonismo en la arquitectura financiera europea.