
Conflicto en Irán, inflación y BCE: cómo está condicionando la economía europea
La evolución de la guerra en Irán está superando claramente las previsiones que manejaban los mercados cuando comenzaron los ataques de Israel y Estados Unidos a finales de febrero. Lo que inicialmente se interpretó como un conflicto de corta duración sigue sin resolverse en pleno mes de agosto, mientras el tráfico por el estrecho de Ormuz continúa lejos de recuperar la normalidad. Esta situación mantiene la incertidumbre sobre uno de los principales corredores energéticos del mundo y sus consecuencias económicas siguen siendo relevantes.
El impacto sobre los precios de la energía
Uno de los efectos más inmediatos del conflicto se ha producido en los mercados energéticos. El petróleo, el gas natural y el queroseno registraron importantes incrementos de precio durante las primeras semanas de la escalada militar. En el caso del Brent, el barril llegó a superar los 110 dólares, reavivando el temor a un nuevo episodio inflacionista similar al vivido tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2022.
Aun así, conviene recordar que el contexto económico actual es diferente. En aquel momento coincidieron factores extraordinarios, como las políticas monetarias expansivas aplicadas por los bancos centrales tras la pandemia y las dificultades para restablecer las cadenas globales de suministro. Además del encarecimiento de la energía, otros sectores como la industria agroalimentaria también están sufriendo las consecuencias, especialmente por el aumento del coste de los fertilizantes.
Europa, más expuesta que Estados Unidos
La subida de los precios energéticos tiene un mayor impacto en economías dependientes de las importaciones como la europea que en Estados Unidos, cuya mayor capacidad de producción y el recurso a sus reservas estratégicas han permitido amortiguar parte del efecto del conflicto.
Cuando los mercados empezaban a descontar una cierta normalización de los precios del petróleo, el recrudecimiento de la guerra durante el mes de julio volvió a elevar la tensión. La ruptura de la tregua y los nuevos ataques entre las partes implicadas devolvieron la incertidumbre a los mercados energéticos, a pesar de los intentos por diversificar las rutas comerciales y del incremento de la producción anunciado por varios productores, entre ellos Emiratos Árabes Unidos tras confirmar su salida de la OPEP.
La inflación vuelve al centro del debate
La evolución del precio de la energía no solo influye sobre la inflación actual, sino también sobre las expectativas de los próximos meses. Aunque el origen de estas presiones responde a un shock de oferta con un carácter previsiblemente temporal, el nerviosismo ha aumentado tanto entre los inversores en renta fija como entre los bancos centrales.
En la eurozona, el Banco Central Europeo afronta una situación especialmente compleja. Después de haber logrado estabilizar la inflación alrededor del objetivo del 2% durante 2025, la institución presidida por Christine Lagarde trata de evitar que un nuevo repunte de los precios vuelva a comprometer la estabilidad.
El difícil equilibrio del BCE
El principal desafío para el BCE consiste en contener la inflación sin perjudicar aún más el crecimiento económico. La actividad en la eurozona continúa mostrando una evolución débil y las dificultades que atraviesan economías como Alemania y Francia hacen que nuevas subidas de tipos puedan tener un efecto negativo sobre la recuperación.
De hecho, la propia institución ya ha revisado ligeramente a la baja sus previsiones de crecimiento, pasando del 0,9% al 0,8%, al considerar que la incertidumbre geopolítica y el deterioro de algunos indicadores adelantados seguirán condicionando la actividad económica.
Las expectativas sobre los tipos de interés
En junio, el BCE aprobó un incremento de 25 puntos básicos que fue interpretado por buena parte del mercado como una medida preventiva, adoptada en un contexto en el que parecía que la tensión geopolítica comenzaba a moderarse y los precios del petróleo se estabilizaban.
Sin embargo, el empeoramiento posterior del conflicto ha vuelto a alimentar las expectativas de nuevas subidas de tipos. Este escenario reabre el debate sobre el riesgo de cometer errores de política monetaria y vuelve a poner sobre la mesa la comparación con el mandato de la Reserva Federal estadounidense, que además del control de la inflación también incorpora el objetivo de favorecer el empleo.
El precedente de 2008
Cuando se habla de posibles errores de política monetaria resulta inevitable recordar la decisión adoptada por Jean-Claude Trichet en julio de 2008. En aquel momento, el BCE decidió elevar los tipos de interés para responder a una inflación impulsada por un petróleo que alcanzó los 140 dólares por barril, justo cuando comenzaban a intensificarse los efectos de la crisis financiera internacional.
Mientras tanto, la Reserva Federal ya había iniciado un ciclo de siete bajadas de tipos para hacer frente al deterioro provocado por la crisis de las hipotecas subprime, una diferencia de enfoque que continúa siendo objeto de análisis entre economistas y analistas.
Las próximas decisiones del BCE
Aunque el contexto actual presenta diferencias evidentes respecto a 2008, la experiencia demuestra la dificultad de gestionar la política monetaria cuando la inflación tiene un origen geopolítico. En los próximos meses, el BCE intentará evitar errores de diagnóstico, pero seguirá muy pendiente de la evolución de los precios y de las expectativas de inflación antes de adoptar nuevas decisiones sobre los tipos de interés.
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