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06/07/2026 AUTOR: Virginia Pérez Anàlisi & Inversions

Invertir en IA: la inteligencia artificial es brutalmente física

Invertir en IA e infraestructura de inteligencia artificial

 

La IA ya no es solo software: también es infraestructura

Estas últimas semanas han estado dominadas por la geopolítica, y con toda la razón. Estados Unidos e Irán han pactado una tregua, el Estrecho de Ormuz ha vuelto a abrirse, el petróleo ha corregido con fuerza y el miedo a un nuevo repunte de la inflación se ha ido moderando. Al mismo tiempo que la geopolítica llenaba las portadas, se han consolidado varias corrientes de fondo que probablemente marcarán nuestras carteras durante años. Y casi todas comparten un mismo hilo conductor: la inteligencia artificial, que ha dejado de ser una historia de software para convertirse, sobre todo, en una historia de infraestructura, de capital y de productividad.

 

Corea del Sur y Taiwán: los grandes beneficiados de la inteligencia artificial

La primera de esas corrientes tiene que ver con dónde está ocurriendo realmente la revolución de la IA. Casi todos pensamos en un puñado de gigantes estadounidenses; sin embargo, algunos de los grandes beneficiados están mucho más lejos. Las bolsas de Corea del Sur y de Taiwán han subido este año en torno a un 80% y un 60%. Y lo paradójico es que son, sobre el papel, de las economías más vulnerables a la crisis energética que vivimos, porque importan casi todo el petróleo que consumen. Sus economías sufren, pero sus bolsas vuelan. ¿Por qué? Porque se han convertido en el eslabón crítico e irremplazable de toda la cadena de la inteligencia artificial.

Los números acompañan. Los beneficios de Samsung y SK Hynix se han multiplicado por diez en menos de dos años, impulsados por las memorias de alto rendimiento que exige la IA, y los analistas esperan que crezcan incluso otro 50% el año que viene. Hoy esas dos compañías pesan ya más de la mitad de la bolsa surcoreana. En Taiwán ocurre algo parecido: Taiwan Semiconductor, que fabrica más del 80% de los chips más avanzados del mundo, supone ella sola casi el 60% del mercado. Por eso estas bolsas cuentan una historia distinta de la de sus economías. Y la apuesta no deja de crecer. Esta misma semana, Corea del Sur ha anunciado un ambicioso programa para situarse entre las grandes potencias de la inteligencia artificial, acompañado de inversiones récord de Samsung y SK Hynix.

 

Invertir en IA exige mirar chips, centros de datos y energía

La segunda corriente tiene que ver con la naturaleza misma de esta revolución. Nos hemos acostumbrado a pensar en la IA como algo intangible, que vive en la nube, y es justo lo contrario: es brutalmente física. Cada modelo que se entrena necesita chips, sí, pero también centros de datos, cantidades ingentes de electricidad, redes, fibra óptica, cobre o sistemas de refrigeración. Enfriar esos centros es ya un negocio en sí mismo, igual que la electrificación o la automatización industrial. El abanico de beneficiarios es mucho más amplio que los cuatro nombres que ocupan siempre los titulares.

 

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Robótica, automatización y productividad: otra derivada de la IA

Dentro de ese mundo físico hay un tema que nos parece especialmente interesante: la robótica y la automatización. La inteligencia artificial está permitiendo que las máquinas interactúen con el entorno real de una forma que hasta hace muy poco parecía inalcanzable. Y todo ello se apoya en una realidad que va a definir los próximos años: la tecnología ha dejado de ser solo una cuestión de empresas para convertirse en una cuestión de Estado. Los gobiernos están desplegando incentivos fiscales muy potentes para atraer esa inversión. En Estados Unidos, por ejemplo, las empresas pueden amortizar de forma inmediata lo que destinan a I+D e infraestructura, un ahorro enorme para quien apuesta por automatizar.

 

Computación cuántica y ciberseguridad: la siguiente frontera tecnológica

Hay además una frontera nueva en la que merece la pena ir poniendo el ojo: la computación cuántica. Este mismo mes, Estados Unidos ha aprobado nuevas medidas para acelerar su desarrollo y ha destinado más de dos mil millones de dólares al sector, en una carrera abierta con China, que invierte cuatro veces más. Es un terreno aún experimental, que tardará años en madurar; no es para entrar a lo loco, pero es justo el tipo de transformación que, como la IA hace unos años, conviene empezar a entender antes de que resulte evidente para todos. Esta carrera tiene una segunda cara: la propia computación cuántica es la mayor amenaza para la ciberseguridad, porque una máquina lo bastante potente podría romper el cifrado que hoy protege la banca, las comunicaciones y nuestros datos. Por eso, en paralelo, se invierte con fuerza en blindar esos sistemas con una nueva generación de criptografía. La misma tecnología crea, a la vez, una oportunidad enorme y una amenaza que cubrir.

 

La inteligencia artificial no garantiza productividad: crea la posibilidad

Todo esto nos lleva a una reflexión que resume bien el momento. La inteligencia artificial no garantiza un aumento de la productividad; crea la posibilidad de lograrlo. Entre una cosa y otra hay un camino largo —invertir, construir, reorganizar empresas, adaptar procesos y formar a las personas—, y ahí se decidirán los verdaderos ganadores. No los definirá quién tenga la mejor tecnología, sino quién sepa traducirla antes que nadie en beneficios reales.

 

La financiación de la IA: una nueva clase de activo

Queda todavía una corriente más, quizá la más silenciosa: toda esa infraestructura hay que financiarla. Las estimaciones hablan de más de cinco billones de dólares de inversión entre 2026 y 2030, y una parte cada vez mayor ya no saldrá de la caja de las grandes tecnológicas, sino de emisiones de deuda. Bonos y vehículos creados casi en exclusiva para construir y explotar centros de datos, respaldados por contratos de alquiler de capacidad a largo plazo. Estamos viendo nacer, en la práctica, una nueva clase de activo. Eso tiene una consecuencia que va más allá del sector: el ahorro mundial no es infinito. Aunque hoy sobra liquidez, cada euro que absorbe esta revolución compite con el resto de la economía y, a la larga, puede presionar el coste de financiación de otras empresas e incluso de los propios Estados.

 

Qué vigilar en los mercados durante la segunda mitad del año

¿Qué vigilamos para la segunda mitad del año? La tregua en el Estrecho de Ormuz, que sigue siendo frágil y donde no descartamos algún susto, aunque la normalización se vaya consolidando. Los movimientos de los bancos centrales y también el fenómeno de El Niño, que podría tensionar los precios de los alimentos: por muy lista que sea, la inteligencia artificial no puede enfriar la temperatura de los océanos. Pero, por encima de todo, seguiremos pendientes de los resultados empresariales, porque ahí está la verdadera cuestión de los próximos meses. Mientras los resultados acompañen, las subidas de las bolsas tendrán respaldo; el día que decepcionen, dará igual lo barata que parezca una acción.

Nosotros seguiremos estudiando estas grandes transformaciones para entender su potencial; no solo el de una revolución tecnológica, sino el de una revolución de infraestructura, de capital y de productividad.

 

Muchas gracias por acompañarnos. Nos vemos el próximo trimestre.

 

Virginia Pérez Palomino
Directora de inversiones

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