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La hora de Europa (I)

La hora de Europa (I)

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Telón de fondo

Andaba yo quejándome este verano de los pirómanos y de lo barato que les sale cargarse el patrimonio ecológico de una generación, cuando un amigo mío, ingeniero de Montes, me dijo que los incendios al menos tenían un lado bueno: que el bosque que nace de la ceniza sale más fuerte y frondoso que el que se destruye. Por el mismo motivo que en el campo se queman de forma controlada determinados terrenos para mejorar el cultivo.

La Europa “periférica” ha pasado por un periodo que bien podría compararse con un incendio de verano en Galicia. Los datos son como para poner los pelos de punta. Por ejemplo, y como puede verse en los gráficos que aparecen a continuación, la pérdida de producción y puestos de trabajo en la periferia europea ha sido, en algunos casos, igual a la de EEUU durante la Gran Depresión.

Fuente: NED DAVIS RESEARCH GROUP

Gráficos: arriba, caída del PIB griego durante la crisis comparada con el de los EEUU durante la Gran Depresión; abajo, aumento de la tasa de paro en España durante la crisis y en EEUU en la Gran Depresión.

Se podrá argumentar que en países como España las cifras reales de paro deberían corregirse a la baja con el número de personas que trabajan en la economía sumergida. Cierto, pero por alta que sea esa cifra, tampoco iba a cambiar mucho la comparación, ya que en los EEUU de la Gran Depresión también había economía sumergida, empezando por la que generaba el comercio ilegal de alcohol en el periodo en el que la depresión coincidió con la ley seca. No creo que los empleados de Al Capone se dieran de alta en la oficina de empleo.

Pero hay más: un 75% de los jóvenes españoles piensa que vivirá peor que sus padres, lo que rompe –como acertadamente señalan Vincent Deluard y Tim Hayes de la consultora Ned Davis Research– el contrato intergeneracional que existía implícitamente desde después de la guerra de que cada generación viviría al menos algo mejor que la anterior. Por si esto fuera poco, resulta que el 65% de los jóvenes españoles declara que desea abandonar el país porque aquí no ve un futuro profesional. Y no hablamos de personas de baja formación, como en los años sesenta, no. Ahora no es sólo Pepe el que se va a Alemania. Ahora en el mismo avión que Pepe, viajan –o querrían viajar, si les dieran la oportunidad- ingenieros de telecos y economistas con master. ¿Y qué me dicen de la burbuja que nos llevó a esta situación? Hasta la fecha, el Sareb sólo ha vendido 550 de los 200.000 activos inmobiliarios que le han colocado los bancocajas. Toma rescoldos. En fin, la ristra de datos que confirman que Éste es el peor incendio de la reciente historia económica de España –guerras excluidas– es muy larga, pero no es mi intención insistir en ello ni transmitir pesimismo. Todo lo contrario. Porque yo quiero ser optimista y pensar que, como en el caso de los bosques, Europa y, por supuesto España, a largo plazo saldrán reforzadas del desastre.

Antes de entrar en los motivos que dan pie a la esperanza, creo que es de justicia histórica dejar claro que el incendio podría haberse, si no evitado, sí reducido o mitigado. Y lo que es aún más triste: la forma de hacerlo habría sido relativamente sencilla y convencional. Hubiera bastado con aplicar a tiempo medidas clásicas y totalmente ortodoxas de política económica, como limitar y controlar el crédito al sector privado relacionado con el ladrillo. En otras palabras: que el Ministerio de Economía y el Banco de España –que depende del anterior– hubieran decretado hace 10 años un límite al crédito inmobiliario que puede conceder un banco a un particular –evitando así que tantos españoles se convirtieran en promotores inmobiliarios aficionados– y otro ad hoc para los promotores urbanísticos. Y quien piense que el Banco de España no tiene acceso a la información sobre el riesgo que representa cada grupo empresarial en los balances de los bancos es que no conoce el Banco de España.

Las restricciones de crédito son una medida totalmente ortodoxa –lo están haciendo ahora mismo en China-, igual que lo es subir los requerimientos de reservas de los bancos para reducir la capacidad de desmadre crediticio de las entidades financieras (se hace cada vez que los bancos centrales quieren reducir el dinero en circulación). O incluso poner un impuesto específico a la especulación inmobiliaria, como se hace con el tabaco, la gasolina, etc., etc.

El tamaño del incendio habría sido mucho menor, porque, por entonces, España gozaba de una envidiable ratio de deuda y una estupenda cifra de déficit. Es muy sencillo de entender: la tendencia de muchos conductores es pasarse en mayor medida los límites de velocidad. La obligación de la policía es evitar que esto suceda con los medios que tiene a su alcance. No se puede evitar que una caja de ahorros expanda su crédito como si lo regalara, pero sí se le puede poner un tacómetro. O multarla. Esto debe quedar claro, no por buscar culpables, sino para que las generaciones que han –hemos– vivido y sufrido la crisis no repitan el error de sus ancestros cuando alguno de ellos desempeñe puestos de responsabilidad en la política económica del país. No es de recibo aceptar el argumento de que era inevitable. Posiblemente el incendio era inevitable porque la crisis era global, pero podíamos haber evitado ser los peores de la clase. Como ciudadanos que pagamos -y pagaremos- durante años el entuerto, tenemos el derecho –y la obligación- de decirlo y advertirlo a las generaciones venideras.

Porque ahí empieza mi optimismo. En las generaciones venideras y en las cicatrices que deja una crisis económica y moral como la que hemos sufrido. Cito de nuevo a los economistas de Ned Davies Research, cuyo magnífico análisis sobre la crisis europea es fuente de inspiración. Como acertadamente señalan, “la memoria de la Gran Recesión permanecerá en la mente colectiva del sur de Europa hasta mucho después de que se recuperen sus economías. Igual que los hábitos económicamente prudentes de los años 50 en los EEUU fueron consecuencia de la frugalidad de los años treinta”. En el fondo es el simple principio físico de acción y reacción, añado. Y añadiría que también permanecerá en la mente de los que hemos pagado la factura (los de la nómina). A partir de ahora, miraremos con mucha más atención un sistema cuyo coste hemos financiado durante décadas, pero del que vamos a disfrutar muy poco sus beneficios (salvo que estés bien situado políticamente y te incluyan en un ERE falso o te caiga una de esas prejubilaciones con el 100% del sueldo que pagamos todos)

A partir de ahora también deberíamos asumir el error que ha supuesto mirar para otro lado y que sea otro el que se ocupe de la política. Como si de una comunidad de vecinos se tratara, todo el mundo ha tratado de escaquearse llegado el momento de ser presidente de la comunidad, un puesto que da muchos quebraderos de cabeza y ningún dinero. En política ha pasado algo parecido: una vez desaparecido el glamour que daba ser político en la transición, las mentes más brillantes se han dedicado a todo menos a la política –mal pagada y peor considerada– y el hueco ha sido ocupado en gran medida por gente menos capacitada y, en muchos casos, con poca formación y menos escrúpulos, que veía en la política una forma de ganar dinero rápido. Y no me limito a criticar. Ya puse mi granito de arena en el post “Doble pena, doble paga”, donde proponía una posible solución, pero seguro que hay muchas más. La sociedad civil debería abrir el debate y encontrar una fórmula para que nos dirijan los mejores, no sólo los que están disponibles. Nos va mucho en ello, como ha quedado demostrado. Mirar para otro lado o plantear el tema de forma hipócrita no parece una buena idea. Como decía entonces, creo que tendría que haber la mitad de políticos y, con lo que se ahorrara en sueldos, pagarle el doble a la nueva generación. Ya verían cómo empezábamos a atraer gente de nivel a la política. Eso sí, incluía en aquella sugerencia otra propuesta: doble pena automática para los casos en el que un delito económico o cualquier otro tipo de corruptela fuera responsabilidad de un político. Bien pagados, con las típicas prebendas de los políticos y sabiendo que les puede caer la del pulpo si se corrompen y les pillan, parece lógico que se lo piensen dos veces antes de meter la mano en la caja.

Si moralmente lo tenemos difícil, económicamente lo tenemos fatal. Pero de peores hemos salido. Tanto Europa como España superaron guerras largas y sangrientas que dejaron sus respectivos países como un erial. Centrándonos en el caso español, ciertamente carecemos de un modelo económico atractivo –de hecho no tenemos modelo de negocio alguno que sustituya al anterior (que era el Monopoly, básicamente)– y la solución de trabajar como chinos y cobrar como ellos no me parece ni imaginativa, ni eficiente, ni desde luego atractiva. Mal lo vamos a tener si queremos competir con los chinos por la vía de los costes laborales. Llegados a donde hemos llegado como europeos y habiendo luchado por un cierto estado de bienestar, igualdad y derechos sociales, no me parece de recibo que nos conformemos con ese destino. Ni Europa ni los europeos se merecen ir sólo por la vía de la reducción masiva de los costes laborales ni de la pérdida masiva de derechos sociales, aunque aclaro que no me refiero a apoyar la rigidez laboral, que es un peligro para el progreso, como demuestra nuestra cifra de paro. La salida para una Europa digna de su historia es la de fomentar el conocimiento, la productividad, la generación de valor añadido, la creatividad, el I+D, el apoyo a los emprendedores y, en el caso de España, convertirnos, además, en un imán para que todo el que apueste por lo anterior lo haga desde aquí (ver “Valencia, paradigma de la solución y el problema de España” y “España centro de negocios”).

Un europeo no es menos capaz que un norteamericano y, sin embargo, es allí donde más se dan los Steve Jobs, los Bill Gates, etc., etc. En el fondo, un iPhone es un capricho caro (cualquier smartphone puede cumplir su labor y es mucho más barato), pero el iPhone está tan bien diseñado, pensado y vendido que se compran a millones. Y también los compran los chinos. Una clase política renovada debería ser consciente de que esto no es casual y que la educación, formación y el apoyo al emprendedor tiene mucho que ver con ello. Por no hablar de la presión impositiva, porque, ¿qué interés tiene trabajar para ser el mejor en algo –es decir, para ser competitivo a nivel global– si acabas pagando al Estado más del 70% de tus ingresos, como ocurre en España si estás en el tramo alto del IRPF y sumamos impuestos directos e indirectos? Y que encima ese dinero se dedique a mantener gastos suntuosos y suntuarios de la Administración que no reportan absolutamente nada al ciudadano. O peor todavía, que acabe directamente en el bolsillo de políticos corruptos. Jamás seremos competitivos en lo que de verdad merece la pena serlo si no premiamos y apoyamos el esfuerzo, la creatividad y la valentía empresarial. A falta de un modelo de negocio, apoyemos al empresariado activo e innovador.

¿Estará Europa a la altura de las circunstancias? Yo no sé sus políticos, hay que darles cierta confianza, porque aunque sea tarde, mal y a rastras van haciendo los deberes (y además apuesto por una renovación y regeneración de la clase política como condición necesaria para el renacimiento europeo), pero mi esperanza donde la pongo es en los ciudadanos. Ese ciudadano español que monta un negocio y acaba siendo líder mundial –caso Zara– o simplemente el español medio, que se diga lo que se diga, es un currante. Lo que pasa es que necesita que le animen un poco, hombre. Y en el caso de la gente joven, el espíritu de lucha está en su naturaleza. Por eso se quieren ir a otro país, porque no se resignan. Razón tienen en estar indignados, pero yo creo que si bien esa indignación en muchos casos devendrá en ninis (“ni estudio ni trabajo”) y perroflautas, también veo a muchos que luchan. A lo mejor tienen que emigrar, pero volverán con un buen bagaje. Lo importante es que han visto las orejas al lobo y eso les hará fuertes, aunque sin duda en la conciencia de los responsables de este desaguisado quedarán también muchos que no puedan superar la prueba y acaben como la generación perdida que sin duda hay y habrá.

Los menos jóvenes también hemos aprendido. Los hábitos de consumo, el desmadre crediticio, el dejar manos libres a los políticos, lo de que “el ladrillo nunca baja”, todo eso cambiará. De nuevo, por pura ciencia física. Acción y reacción. Va a pasar mucho tiempo hasta que los bancos vuelvan a ofrecer créditos Cayenne (te daban un crédito para la casa y con el exceso de valoración te daba para un vehículo de alta gama). Y para que los españoles lo pidamos. Los inversores más inteligentes y/o mejor asesorados empezarán a valorar las ventajas de la diversificación y que el mercado inmobiliario es sólo uno más, que tiene su momento y su sitio igual que lo tienen las acciones o los bonos. Hay heridas que tardan en cicatrizar y en este caso es positivo, porque mientras duelan no se repetirá lo que las generó. Aunque resulte irónico y parezca imposible, quienes a lo mejor no están bien preparados para la batalla de los próximos diez años son los suecos u otros ciudadanos del Norte de Europa, alemanes incluidos. Las legiones romanas eran tan aguerridas porque pasaban media vida luchando. A nosotros nos han convertido en auténticos gladiadores.

P.D. Habrá quien piense ¿y de qué me sirve todo este rollo sociopolítico si yo lo que quiero son ideas para invertir? Le pido paciencia. No le defraudaré. Las casas bien hechas se inician en los cimientos. El próximo fin de semana hablaremos de cómo afecta todo esto al inversor y bajo una perspectiva exclusivamente de mercado. Hemos iniciado el análisis desde un punto de vista político, sociológico y psicológico, porque no debemos pasar por alto que la economía es una ciencia social y que lo que hagan los mercados tiene muchísimo que ver con la psicología, la sociología y los ciclos económicos. Pero hablaremos de inversión. ¡Vaya si hablaremos!

Buen fin de semana.

 

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