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ISM 56 (y mi amigo P.)

ISM 56 (y mi amigo P.)

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Telón de Fondo

Mi amigo P. no entiende nada. ¿Cómo es posible que el Dow Jones alcance máximos históricos si los datos económicos norteamericanos son peores que hace cinco años, cuando alcanzó el máximo anterior?

Si algún día escribo un libro sobre los mercados financieros –llevo ya 25 años en esto, así que algún día estaré moral y profesionalmente autorizado para hacerlo, digo yo–, el primer consejo que daré será: no partas de la base de que los mercados financieros se mueven a la par que la economía real. Los mercados financieros se mueven o bien por anticipación (de lo que va a hacer la economía real, normalmente con una anticipación de, como mínimo, seis meses a un año), o por valoración (bolsas y/o valores que suben simplemente porque están tan baratos que los grandes inversores aprovechan para hacer cartera), –o por motivos exógenos a la economía (tsunamis, políticos mediocres, guerras, etc.).

El Dow ha roto máximos no porque la economía norteamericana esté bien –que tampoco está nada mal, si se compara con la nuestra-, sino porque tiene expectativas más que razonables de mejorar –y mucho– en el medio plazo. Empecemos por nuestro enigmático título de hoy, que no corresponde a una proteína recién descubierta, ni a un isótopo radioactivo, ni a lo siguiente al bosón de Higgs. No. El ISM es una encuesta que realiza el prestigioso Institute of Supply Management entre las principales empresas estadounidenses para “palpar” la evolución actual y futura de sus negocios. No es un dato cualquiera. Es una de las encuestas más respetadas por el mercado y se realiza entre un amplísimo grupo de directivos de empresas.

El ISM es de esos datos que mueven los mercados y es, además, lo que en los mercados se conoce como un “índice adelantado”, en contraposición a índices y datos que reflejan exclusivamente el momento actual. Pero el índice tiene otra particularidad: que hay uno manufacturero -que mide la actividad puramente industrial de los EEUU- y otro que mide el de las empresas de servicios. Este último es el más importante porque, como país desarrollado que es, en EEUU el sector servicios representa el 90% de su economía.

Sigamos. Entender el ISM es muy sencillo. Una lectura por encima de 50 señala expansión económica. Por debajo señala recesión. En otras palabras: el ISM, que no suele fallar, nos está diciendo que empresas que conforman el 90% de la economía norteamericana están en clara expansión o sus directivos consideran que lo estarán en breve.

Pero ahí no acaba la historia. El otro, el ISM manufacturero, está en 54,2, es decir, también un dato expansivo. Y eso sin tener en cuenta el tirón que va a pegar el sector construcción a corto plazo y el de bienes de capital en el medio plazo. Para no alargarnos en explicarles a qué me refiero con esto último, les sugiero lean el post “Back to the USA”, del 26 de enero de este año, donde explico los dos impulsos, constructor y energético, que van a impulsar la sección manufacturera de la industria norteamericana a lo largo de los próximos años.

Obviamente, si las empresas se expanden, tarde o temprano veremos caer el paro en los EEUU –bueno, de hecho ya está cayendo-, aumentar el consumo, la recaudación de impuestos, etc., etc.

Finalmente, y para no extenderme demasiado, otro dato palmario: la concesión de créditos, tanto a particulares como a empresas, ha vuelto a niveles normales, no muy alejados de los de hace cinco o seis años. En otras palabras, gracias a la Fed –ojala la tuviéramos aquí en lugar de al BCE– no sólo se cortó en seco la posibilidad de que EEUU se “japonetizara”, sino que esa política valiente ha permitido que vuelva a fluir el crédito. Y, encima, a tipos muy inferiores a los de antes de la crisis.

Crédito abundante, crédito barato, actividad manufacturera y actividad del sector servicios al alza, ¿no son motivos suficientes para tener esperanza en la evolución futura de la economía USA? Pues claro que sí. Y para quien diga que eso ya está descontado, que mire los precios. Cierto, ningún indicador de precios dice que las empresas estén baratas (desde luego están más caras que las europeas), pero tampoco están caras. Y si el precio es razonable y las expectativas son buenas, ¿qué tiene de raro que los inversores compren anticipándose a buenos resultados futuros? Porque ese sería el final del primer capítulo de “mi libro”, como diría Francisco Umbral. La bolsa es anticipación. No gana el que compra cuando todo está perfecto y además todo el mundo lo sabe. Gana el que se anticipa a ese momento en el que todo va bien que, de hecho, muchas veces es el indicador de que hay que empezar a plantearse vender.

Mi amigo P. asiente pensativo a esta explicación y digamos que admite que puedo tener razón. Pero entonces, me dice, ¿qué narices anticipa Europa, donde no hay nada bueno que podamos esperar económicamente ni a corto ni a medio plazo y ya veremos si a largo? Totalmente de acuerdo, le respondo. Nada podemos esperar de la economía europea que no sea recesión y/o estancamiento, al menos a corto y medio plazo. E incluso podemos esperar disgustos adicionales por parte de nuestra deprimente clase política. Europa sube -y seguirá subiendo- por otros motivos. Primero, porque está empezando a salir del círculo vicioso en el que se encuentra y que todavía a día de hoy amenaza con llevarla a un agujero negro del que sea incapaz de salir, como le ocurrió a Japón. Ver que podría salir de ese círculo genera lo que los anglosajones llaman una “subida del alivio” (relief rally). Lean el post “De círculo vicioso a círculo virtuoso” y entenderán a qué me refiero.

Pero hay otra clave igual o más importante para las subidas de los índices europeos: la valoración. Como dije al principio, además de por expectativas económicas, las bolsas se mueven por valoración. Imagínense ustedes un barco que está en el puerto y que, de repente, se produce una explosión y se genera una vía de agua que podría hundirlo. Imaginemos que, además, lleva carga. De automóviles nuevos, por ejemplo. Cuanta más agua entra, menos vale el barco y menos vale su contenido. Una vez en el fondo del mar, los coches valdrán mucho menos que ahora que todavía están a flote. Así, mientras observan desde el muelle las labores de rescate, tanto la aseguradora del barco como el propietario de la carga van calculando mentalmente el valor de ambos. A más se hunde, menos valen el barco y la carga.

Pero, ¿qué ocurre si de repente se empieza a cerrar la vía de agua y el barco detiene su hundimiento? Pues que deja de caer el precio de la carga y de la mercancía. ¿Y qué pasa si se cierra totalmente la vía de agua y con la ayuda de los bomberos y sus bombas de achique se empieza a sacar agua? Pues que aumenta el precio de barco y mercancía porque se aleja la posibilidad de que se hunda (y que se “echen a perder” los coches). Pues eso es exactamente lo que pasa con los mercados europeos. La vía de agua se está cerrando –aunque de vez en cuando los políticos la reabran-, han llegado los servicios de emergencia (Mario Draghi) y los bomberos (el BCE y el impulso de las economías sanas, es decir, emergentes y EEUU). Por eso, sube y seguirá subiendo el Eurostoxx. Porque el Eurostoxx es el barco y la carga son las empresas que forman el índice (pueden poner cualquier otro índice europeo que deseen, la idea es la misma). Las bolsas europeas van a seguir subiendo, pero no por las expectativas de sus economías, que son más bien oscuras –y más con la política de tipos del BCE–, sino porque finalmente parece que no nos hundimos. Aunque hemos estado bien cerca de hacerlo.

Bueno, al final mi amigo P. se ha quedado más tranquilo. Él pensaba que esto de los mercados no tenía ninguna lógica y ahora admite que, al menos, tiene su lógica, que tiene sus propias reglas. Y que, cuando decides entrar en un juego, tienes que entender y aceptar las reglas, porque lo contrario suele dar resultados desastrosos. ¿Se imaginan coger el balón con la mano en el fútbol y darle patadas en el baloncesto? Pues eso.

 

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