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¡Banzai! (o el experimento Kuroda)

¡Banzai! (o el experimento Kuroda)

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Telón de Fondo

¡Banzai! Era el grito que lanzaban los pilotos japoneses cuando se disponían a estrellar sus aviones —con ellos dentro— contra un portaviones norteamericano, como solución final para detener una maquinaria de guerra que les superaba. Imagino que es lo que gritó el pasado jueves Haruhico Kuroda, gobernador del Banco de Japón, cuando, cinta blanca con punto rojo en la frente, tomó la decisión de lanzar el mayor estímulo monetario de la historia.

Para alcanzar su objetivo de sacar a Japón de la deflación que ha mantenido postrado a su país durante más de 15 años, el señor Kuroda va a doblar el importe de la masa monetaria de aquí a 2015. El cómo lo va a hacer es importante (comprando billones de yenes en bonos del Estado, además de los que ya habían comprado sus antecesores), pero lo más importante es lo que va a hacer. Y lo que va a hacer, dicho de forma sencilla —para entendernos— es que donde antes había un yen, en 2015 habrá dos. Es la mayor revolución que se ha producido en términos de política monetaria de la historia, por su importe y por lo ambicioso de su objetivo, que no es otro que alcanzar un 2% de inflación y sacar así a su país del estancamiento económico.

Veamos qué es lo que nos interesa como inversores. Adelanto, como hacen en televisión, que los consejos que dé en este “post” están dirigidos exclusivamente a inversores con alta capacidad de asumir riesgos y son sólo para un porcentaje de su cartera. Japón como inversión es “droga dura”. Es más, a partir de ahora no me voy a referir a la inversión en Japón como inversión, sino como especulación, que es lo que es: especular con el resultado de un experimento que si bien se había realizado algo parecido antes —como luego veremos—, no se había hecho en un mundo tan interconectado como el actual, ni en las magnitudes de las que estamos hablando.

El caso es que después de escribir durante semanas sobre depósitos, fondos conservadores de renta fija o bonos de compañías solventes, es decir, de hablar para los inversores con perfiles más conservadores, justo es que hoy dediquemos tiempo al inversor más agresivo.

Lo primero que hay que plantearse antes de empezar a especular en Japón es si el experimento puede funcionar. Y nada como bucear en la historia para ver si hay un caso similar anterior en alguna economía desarrollada. Pues bien, sí que lo hay y, precisamente, en Japón.

A principios de los años treinta, Japón estaba en deflación. En 1931, un nuevo ministro de Finanzas, Korekiyo Takahashi, decidió que ya estaba bien y procedió a un proceso parecido al actual. Sacó a su país del patrón oro que imperaba en aquel momento entre las economías desarrolladas y, en paralelo, emitió grandes cantidades de bonos que compró íntegramente el Banco de Japón. Estímulo monetario clavado al de ahora. De hecho, en general el proceso fue muy similar al actual: combinaba estímulo fiscal, medidas de ajuste cuantitativo (Quantitative Easing) y depreciación de la divisa (consecuencia obvia de todo lo anterior). El resultado fue “im-presionante”, como diría Jesulín. Los precios se dispararon al alza, los ingresos del país aumentaron en un 60% y, lo más importante para el inversor: en menos de cinco años se dobló la capitalización de la bolsa japonesa. Y el plan tuvo un valor añadido: salvó a Japón de la Gran Depresión (estamos hablando de los años 30).

¿Cómo acabó la cosa? Pues mal (salvo para el que vendió a tiempo, claro), pero no tanto por el proceso en sí, sino por los efectos secundarios de la medicina aplicada. El primero fue lo que en inglés se denomina overshooting, que aquí llamamos pasarse un par de pueblos. No es que Korekiyo sacara a Japón de la deflación, no, ¡es que ésta llegó a alcanzar el 18% anual! Pero eso se podría haber evitado aplicando menos medicina, aunque, desde luego, fue mejor que vivir la gran depresión que vivió Norteamérica en aquellas fechas.

El segundo efecto secundario lo sufrió —literalmente— el propio señor Takahashi en sus propias carnes: fue asesinado. Le disparó un tiro un militar que no estaba de acuerdo con las medidas de reducción de presupuesto en armamento que dictó posteriormente en su proceso de exit strategy, es decir, de salida del proceso de medidas extraordinarias de estímulo, que incluyeron incremento de gasto público —sector militar incluido— y que hubo que deshacer una vez alcanzado el objetivo de crecimiento.

Para los inversores que se basan en el análisis fundamental, la idea tiene sentido, aunque tenga truco. Inflación significa aumento de precios. Lo que ahora una empresa vende a 100, si se consigue una inflación del 2% pasará a venderlo a 102,3 (Japón está en deflación del -0,3% actualmente). Imaginen lo que eso supone en la cuenta de resultados de la empresa. Sí, claro, también aumentarán los costes de producción, pero gran parte de los costes de un producto son salariales, que no tienen por qué subir inmediatamente. Además, es posible mejorar la productividad.

Al final, se puede manejar la situación y obtener un margen mejor que el que se obtenía en deflación. Además, si hay crecimiento interno se vende más. Y, muy importante, este proceso es claramente bajista para el yen y Japón es un país exportador. Honda obtiene en EE.UU. el 44% de sus ingresos, por ejemplo, así que un yen barato anima sus exportaciones, en un momento, además, en el que EE.UU. está mostrando signos de vuelta a un crecimiento sostenido (con permiso de los políticos europeos, esos genios). Y eso me recuerda que tengo que darles un consejo de suma importancia: si al final deciden especular con Japón, háganlo con un fondo que cubra la depreciación del yen frente al euro, no sea que esta se coma la mitad —o todo— lo que ganen con la subida bursátil.

Por último, el inversor puede cuestionarse si está entrando demasiado tarde. Y el inversor al que le gusta el análisis técnico se preguntará si el timming es correcto.

Ahí tenemos al Nikkei desde que Japón entró en deflación y estancamiento económico, hasta hoy. Se puede ver que el que no ha entrado todavía ha perdido el primero y el segundo euro, pero que si el experimento funciona le queda margen de revalorización. Además, entra con cierta seguridad técnica, es decir, habiéndose consolidado la ruptura de un techo importante (línea azul). De hecho, el momento realmente importante sería la ruptura de la tendencia bajista de muy largo plazo, representada por la línea roja, y el punto de entrada desde el punto de vista de un analista técnico para una inversión a largo plazo.

Nuestra opinión: esto es una actuación especulativa —en ella estamos—, cuyo primer objetivo es la ruptura de la línea de tendencia bajista de largo plazo —línea roja—, y con un primer test en el siguiente máximo a batir. Pasado cierto tiempo (los efectos de la política monetaria tardan meses en notarse en la economía real, se notan antes en los mercados a los que les cae dinero como un maná), dirigiremos el radar a los datos macro para ver si el experimento funciona o si, como en la famosa película El experimento Filadelfia, el portaviones se volatiliza a través de un agujero negro o no. Por cierto, vía agujero negro apareció, ¿lo adivinan? ¡En Japón! En medio de la segunda guerra mundial. Curioso.

 

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